Rubi Guerra

Obra singular, Ismene no se apoya en fáciles paradojas para construir su juego dramático. Su preocupación central es la misma que inquietaba a Sófocles, el gran trágico de la antigüedad: el conflicto entre la fidelidad filial y las obligaciones políticas, en un nivel primario, y el problema del alma y la fidelidad a sí mismo, en un nivel un poco más profundo. Pero la actualización que hace Marisabel Contreras del mito de Antígona, entre burlas y verdades, entre la comedia y la tragedia (“una sátira teatral en la que el actor y el personaje se discuten recíprocamente”, dice el veredicto), no pretende resolver un dilema que ya alcanza más de dos mil años. Si acaso, plantea nuevas preguntas, nuevas dudas.

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