arte

El inmortal. Jorge Luis Borges

Salomon saith: There is no new thing upon the earth. So that as Plato had and imagination, that all knowledge was but remembrance; so Salomon giveth his sentence, that all novelty is but oblivion.
Francis Bacon. Essays LVIII.

Ilíada de Homero, edición de 1572

En Londres, a principios del mes de junio de 1929, el anticuario Joseph Carthapilus, de Esmirna, ofreció a la princesa de Lucinge los seis volúmenes en cuarto menor (1715-1720) de la Ilíada de Pope. La princesa los adquirió; al recibirlos, cambió unas palabras con él. Era, nos dice, un hombre consumido y terroso, de ojos grises y barba gris, de rasgos singularmente vagos. Se manejaba con fluidez e ignorancia en diversas lenguas; en muy pocos minutos pasó del francés al inglés y de inglés a una conjunción enigmática de español de Salónica y de portugués de Macao. En octubre, la princesa oyó por un pasajero del Zeus que Cartaphilus había muerto en el mar, al regresar a Esmirna, y que lo habían enterrado en la isla de Ios. En el último tomo de la Ilíada halló éste manuscrito.

El original está redactado en inglés y abunda en latinismos. La versión que ofrecemos es literal.

I

Templo de Luxor en Tebas, Egipto

Que yo recuerde, mis trabajos comenzaron en un jardín de Tebas Hekatómpylos, cuando Diocleciano era emperador. Yo había militado (sin gloria) en las recientes guerras egipcias, yo era tribuno de una legión que estuvo acuartelada en Berenice, frente al Mar Rojo: la fiebre y la magia consumieron a muchos hombres que codiciaban magnánimos el acero. Los mauritanos fueron vencidos; la tierra que antes ocuparon las ciudades rebeldes fue dedicada eternamente a los dioses plutónicos; Alejandría, debelada, imploró en vano la misericordia del César; antes de un año las legiones reportaron el triunfo, pero yo logré apenas divisar el rostro de Marte. Esa privación me dolió y fue tal vez la causa de que yo me arrojara a descubrir, por temerosos y difusos desiertos, la secreta Ciudad de los Inmortales.

Mis trabajos empezaron, he referido, en un jardín de Tebas. Toda esa noche no dormí, pues algo estaba combatiendo en mi corazón. Me levanté poco antes del alba; mis esclavos dormían, la Luna tenía el mismo color de la infinita arena. Un jinete rendido y ensangrentado venía del Oriente. A unos pasos de mí, rodó del caballo. Con una tenue voz insaciable me preguntó en latín el nombre del río que bañaba los muros de la ciudad. Le respondí que era el Egipto, que alimentan las lluvias. Otro es el río que persigo, replicó tristemente, el río secreto que purifica de la muerte a los hombres. Oscura sangre le manaba del pecho. Me dijo que su patria era una montaña que está del otro lado del Ganges y que en esa montaña era fama que si alguien caminara hasta el Occidente, donde se acaba el mundo, llegaría al río cuyas aguas dan la inmortalidad. Agregó que en la margen ulterior se eleva la Ciudad de los Inmortales, ricas en baluartes y anfiteatros y templos. Antes de la aurora murió, pero yo determiné descubrir la ciudad y su río. Interrogados por el verdugo, algunos prisioneros mauritanos confirmaron la relación del viajero; alguien recordó la llanura elísea, en el término de la tierra, donde la vida de los hombres es perdurable; alguien, las cumbres donde nace el Pactolo, cuyos moradores viven un siglo. En Roma, conversé con filósofos que sintieron que dilatar la vida de los hombres era dilatar su agonía y multiplicar el número de sus muertes. Ignoro si creí alguna vez en la Ciudad de los Inmortales: pienso que entonces me bastó la tarea de buscarla. Flavio, procónsul de Getulia, me entregó doscientos soldados para la empresa. También recluté mercenarios, que se dijeron conocedores de los caminos y que fueron los primeros en desertar.

Los hechos ulteriores han deformado hasta lo inextricable el recuerdo de nuestras primeras jornadas. Partimos de Arsinoe y entramos en el abrasado desierto. Atravesamos el país de los trogloditas, que devoran serpientes y carecen del comercio de la palabra; el de los garamantes, que tienen mujeres en común y se nutren de Leones; el de los augilas, que sólo veneran el Tártaro. Fatigamos otros desiertos, donde es negra la arena, donde el viajero debe usurpar las horas de la noche, pues el fervor del día es intolerable. De lejos divisé la montaña que dio nombre al Océano: en sus laderas crece el euforbio, que anula los venenos; en la cumbre habitan los sátiros, nación de hombres ferales y rústicos, inclinados a la lujuria. Que en esas regiones bárbaras, donde la tierra es madre de monstruos, pudieran albergar en su seno una ciudad famosa, a todos nos pareció inconcebible. Proseguimos la marcha, pues hubiera sido una afrenta retroceder. Algunos temerarios durmieron con la cara expuesta a la Luna; la fiebre los ardió; en el agua depravada de las cisternas, otros bebieron la locura y la muerte. Entonces comenzaron las deserciones; muy poco después, los motines. Para reprimirlos, no vacilé ante el ejercicio de la severidad. Procedí rectamente, pero un centurión me advirtió que los sediciosos (ávidos de vengar la crucifixión de uno de ellos) maquinaban mi muerte. Hui del campamento, con los pocos soldados que me eran fieles. En el desierto los perdí, entre los remolinos de arena y la vasta noche. Una flecha cretense me laceró. Varios días erré sin encontrar agua, o un solo enorme día multiplicado por el sol, por la sed y por el temor de la sed. Dejé el camino al arbitrio de mi caballo. En en alba, la lejanía se erizó de pirámides y de torres. Insoportablemente soñé con un exiguo y nítido laberinto: en el centro había un cántaro; mis manos casi lo tocaban, mis ojos lo veían, pero tan intrincadas y perplejas eran las curvas que yo sabía que iba a morir antes de alcanzarlo.

II

Sello egipcio, 2100 a. C.

Al desenredarme por fin de esa pesadilla, me vi tirado y maniatado en un oblongo nicho de piedra, no mayor que una sepultura común, superficialmente excavado en el agrio declive de una montaña. Los lados eran húmedos, antes pulidos por el tiempo que por la industria. Sentí en el pecho un doloroso latido, sentí que me abrasaba la sed. Me asomé y grité débilmente. Al pie de la montaña se dilataba sin rumor un arroyo impuro, entorpecido por escombros y arena; en la opuesta margen resplandecía (bajo el último sol o bajo el primero) la evidente Ciudad de los Inmortales. Vi muros, arcos, frontispicios y foros: el fundamento era una meseta de piedra. Un centenar de nichos irregulares, análogos al mío, surcaban la montaña y el valle. En la arena había pozos de poca hondura; de esos mezquinos agujeros (y de los nichos) emergían hombres de piel gris, de barba negligente, desnudos. Creí reconocerlos: pertenecían a la estirpe bestial de los trogloditas, que infestan las riberas del golfo Arábigo y las grutas etiópicas; no me maravillé de que no hablaran y de que devoraran serpientes.

La urgencia de la sed me hizo temerario. Consideré que estaba a unos treinta pies de la arena; me tiré, cerrados los ojos, atadas a la espalda las manos, montaña abajo. Hundí la cara ensangrentada en el agua oscura. Bebí como se abrevan los animales. Antes de perderme otra vez en el sueño y en los delirios, inexplicablemente repetí unas palabras griegas: los ricos teucros de Zelea que beben el agua negra del Esepo…

No sé cuántos días y noches rodaron sobre mí. Doloroso, incapaz de recuperar el abrigo de las cavernas, desnudo en la ignorada arena, dejé que la Luna y el Sol jugaran con mi aciago destino. Los trogloditas, infantiles en la barbarie, no me ayudaron a sobrevivir o a morir. En vano les rogué que me dieran muerte. Un día, con el filo de un pedernal rompí mis ligaduras. Otro, me levanté y pude mendigar o robar —yo, Marco Flaminio Rufo, tribuno militar de una de las legiones de Roma— mi primera detestada ración de carne de serpiente. Sigue leyendo “El inmortal. Jorge Luis Borges”

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arte, mitología

Ilustraciones de Gustavo Doré para Orlando furioso

El mago Merlín por Doré

Gustave Doré (1832-1883) fue un artista francés, pintor, escultor e ilustrador, considerado en su país el último de los grandes ilustradores. Entre sus trabajos más notables pueden citarse las ilustraciones para Don Quijote de la Mancha, la Biblia y la Divina Comedia. A continuación, dos vídeos con algunas de las ilustraciones que realizó para Orlando furioso.

arte, mitología

El laberinto en el cual todos nos perdemos. Silvio Mignano

Portada de edición ilustrada por Doré, 1878

Una lectura de Orlando furioso de Ludovico Ariosto, a los quinientos años de su primera publicación

Orlando furioso es un libro único que puede leerse sin referencia a ningún otro libro anterior o posterior; es un universo en sí mismo donde uno puede viajar por todas partes, entrar, salir, perderse.
Italo Calvino

I

I.67: Sacripante cae de su caballo

Orlando furioso [poema extenso de 46 cantos] es un universo completo y alternativo, un mundo que en sí mismo está cerrado y resulta cumplido; por tanto, es autosuficiente y, sin embargo, al mismo tiempo tiene la capacidad de multiplicarse, de autogenerarse, de abrirse hacia afuera y producir frente al espejo, a millones de espejos, infinitas nuevas posibilidades.

Por estas características, Orlando furioso ha sido amado por Jorge Luis Borges e Italo Calvino.

Nadie puede escribir un libro.
Para que un libro sea verdaderamente,
se requieren la aurora y el poniente,
siglos, armas y el mar que une y separa.

Así lo pensó Ariosto, que al agrado
lento se dio, en el ocio de caminos
de claros mármoles y negros pinos,
de volver a soñar lo ya soñado.

Son los primeros versos de Ariosto y los árabes, hermoso poema del argentino, que sigue:

El aire de su Italia estaba henchido
de sueños, que con formas de la guerra
que en duros siglos fatigó la tierra
urdieron la memoria y el olvido[1].

Esto es, para Borges, Orlando furioso: un sueño en el cual todo se hace posible, una alternativa a la Creación divina, con su aurora y su poniente, sus siglos, sus armas, su mar que une y separa. Unión y separación son constantes a lo largo del poema de Ariosto. Los personajes se unen y separan continuamente, se buscan y se pierden. La quest, en inglés, o sea la inchiesta en italiano, algo más y algo distinto que los términos españoles ‘búsqueda’ o ‘investigación’, son materiales poéticos para Ariosto. Pero el mar que une y separa, en la interpretación de Borges, también quiere decir tejer una realidad que al mismo tiempo tiene unidad, porque es un universo integral, con todos los elementos que se necesitan para que el lector se convenza de su realidad, y tiene separación, porque hay en este universo un proceso continuo de desplazamiento de las placas tectónicas, una evolución constante que crea nuevos continentes, nuevos océanos, que aleja a los personajes uno del otro, obligándolos a buscarse sin cesar.

Así explica Italo Calvino estos movimientos centrípetos y centrífugos:

Orlando furioso es un inmenso partido de ajedrez que se juega en el mapa geográfico del mundo, un juego desmesurado, que se bifurca en muchos partidos simultáneos. El mapa del mundo es más variado que un tablero, pero sobre él los movimientos de cada personaje se repiten según reglas fijas, como en el juego del ajedrez[2].

III.8: Bradamante encuentra en la tumba de Merlín a la maga Melissa

Para ambos, Borges y Calvino, Orlando furioso se presenta bajo la imagen arquetípica del laberinto. Es el jardín de senderos que se bifurcan, como en el cuento de Borges, donde cada bifurcación genera dobles —y, en consecuencia— mundos paralelos. Como nos enseña Kerényi, el laberinto, en toda cultura, en cada época histórica y hasta en la prehistoria y en cada región del mundo, representa un universo, ya sea el mundo de abajo, los ínferos, ya sea el de arriba, y también el propio gesto de parir, de salir de las vísceras y de la muerte para llegar a la vida y a la luz y, aún más, salir del sueño y llegar a la realidad[3].

Y Orlando furioso, cien años antes del Quijote, es el primer poema caballeresco que sugiere la duda que todo ese mundo sea un sueño, una invención de nuestra mente.

Es un universo, Orlando furioso, donde nada es lo que parece: un paladín fuerte, con coraza blanca, que aterra a un fuerte príncipe sarraceno, en realidad es una mujer bellísima; un mago feroz que se presenta con el nombre de Atlante, el gigante que en la mitología grecorromana sostiene al mundo sobre su espalda, es un frágil y pobre viejito; una fuente mágica a la vez induce a un personaje a amar a otro, pero a este otro a odiar al primero, así que las combinaciones de amores y desamores —infinitas— casi nunca coinciden.

“Un poema que se niega a comenzar y se niega a concluirse”, lo definía Calvino[4]. Porque, como bien explica Corrado Bologna: Sigue leyendo “El laberinto en el cual todos nos perdemos. Silvio Mignano”