Libertad en siglos XIX y XX. José Ferrater Mora

Henri Bergson

Durante el siglo XIX abundaron los debates en torno a la noción de libertad y especialmente en torno a si el hombre es, o puede ser, libre tanto respecto a los fenómenos de la naturaleza como respecto a la sociedad. Importantes fueron los análisis de Bergson, quien trató de mostrar que la conciencia (o el “yo”) es libre —y aún fundamentalmente libre— por cuanto no se rige por los esquemas de la mecanización y espacialización mediante los cuales se entienden y organizan conceptualmente los fenómenos naturales. Hay que tener en cuenta asimismo los autores que la trataron el problema desde el punto de vista religioso (como Kierkegaard y, desde distinto ángulo, Rosmini) y los que enfocaron la cuestión desde el punto de vista social o histórico (como Marx y, en general, los que, manteniendo un determinismo natural y social, propugnaban al mismo tiempo la posibilidad de que el hombre alcanzara un día la libertad por medio de un “salto a la libertad”). Sigue leyendo

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Libertad en la Edad Moderna (XVI-XVIII). José Ferrater Mora

Emmanuel Kant

Ya desde el siglo XVI se planteó un problema que ha continuado hasta el presente: el de si puede decirse que el hombre es libre cuando se declara que hay determinismo en la Naturaleza. Es el famoso problema de “Libertad contra Necesidad” o “Necesidad contra Libertad”. Algunos autores modernos —Spinoza sobre todo; en parte Leibniz; en parte también, aunque por razones distintas, Hegel— sostuvieron que la libertad consiste fundamentalmente en seguir “la propia naturaleza” en tanto que esta naturaleza se halla en relación estrecha —armonía preestablecida o lo que fuere— con toda la realidad. Spinoza es considerado por ello como uno de los más acérrimos “deterministas”. Leibniz intentó conciliar el determinismo con la libertad acentuando sobre todo en el concepto de libertad el momento del “seguir la propia naturaleza en cuanto preñada del propio futuro”. Otros autores, como Hobbes, Locke, Voltaire, tendieron a destacar el elemento de “lo que quiero” en el “ser libre”. La discusión adquirió una nueva dimensión en el modo cómo Kant afrontó el problema.

Para Kant no se trata de ver si la necesidad ahoga la libertad, o de si ésta puede subsistir frente a la necesidad: se trata de saber cómo son posibles la libertad y la necesidad. Todos los filósofos anteriores erraron por haber considerado que la cuestión de la libertad puede decidirse dentro de una sola y determinada esfera. Frente a ello Kant establece que en el reino de los fenómenos, que es el reino de la Naturaleza, hay completo determinismo; es totalmente imposible “salvar” dentro de él la libertad. Ésta, en cambio, aparece dentro del reino del noúmeno, que es fundamentalmente el reino moral. La libertad, en suma, no es, ni puede ser, una “cuestión física”: es sólo, y únicamente, una cuestión moral. Y aquí puede decirse no sólo que hay libertad, sino que no puede no haberla. La libertad es, en efecto, un postulado de la moralidad. El famoso conflicto entre la libertad y el determinismo es aparente. Ello no significa, ciertamente, que la realidad quede escindida por entero en dos reinos que no tienen, ni pueden tener, ningún contacto. Significa únicamente que el hombre no es libre porque pueda apartarse del nexo causal; es libre porque no es enteramente una realidad natural. Por ello puede introducir en el mundo posibles comienzos de nuevas causaciones. De este modo la libertad aparece como un comienzo —lo que solamente es posible en la existencia moral, pues en la Naturaleza no hay tales “comienzos”, sino que todo en ella es, por así decirlo, “continuación”. Hay, pues, como dice Kant, la posibilidad de “una causalidad por la libertad”. En su carácter empírico el individuo debe someterse a las leyes de la Naturaleza. En su carácter inteligible, el mismo individuo puede considerarse como libre. La expresión ‘el mismo individuo’ es aquí fundamental, pues la conexión entre el reino de la libertad y el de la necesidad no es una mera yuxtaposición, sino que se da dentro de una realidad unitaria, aunque perteneciendo, dentro de su unidad, a dos mundos. Sigue leyendo

Libertad en la Edad Media. José Ferrater Mora

San Pablo, por El Greco

Los autores cristianos en general estimaron que la libertad como simple ausencia de coacción es insuficiente, y que tampoco es suficiente, en general, la libertad de elección. En efecto, el libre albedrío puede usarse bien o puede usarse mal. A pesar del racionalismo e intelectualismo de casi todos los filósofos antiguos en cuestiones éticas, la posibilidad de usar bien o mal del libre albedrío había sido puesta de manifiesto en varias ocasiones. Sin embargo, no había sido subrayada con el radicalismo de San Pablo al indicar que “no el bien que quiero, sino el mal que no quiero hago”. Desde el momento en que se proclamó que la naturaleza del hombre había sido completamente corrompida por el pecado original, lo que sorprendió fue no que el libre albedrío pudiera ser usado para el bien o para el mal, sino que fuera usado, o pudiera serlo, para el bien. De ahí la insistencia en la gracia y el problema de si esta gracia no suprime el ser libre del hombre.

San Agustín en su estudio, por Vittore Carpaccio

La mayor parte de las cuestiones acerca de la libertad humana en sentido cristiano fueron debatidas y dilucidadas por San Agustín, quien distingue entre libre albedrío como posibilidad de elección y libertad como la realización del bien con vistas a la beatitud. El libre albedrío está íntimamente ligado al ejercicio de la voluntad, la que, sin el auxilio de Dios, se inclina hacia el pecado. Por eso el problema aquí no es tanto el de lo que podría hacer el hombre, sino más bien el de cómo puede el hombre usar de su libre albedrío para ser realmente libre. No basta, en efecto, saber lo que es el bien: es menester poder efectivamente inclinarse hacia él. Ahora bien, junto a esta cuestión, y en estrecha relación con ella, hay la cuestión de cómo puede conciliarse la libertad de elección del hombre con la presciencia divina. Según San Agustín, son conciliables. Que el hombre posee una voluntad y que se le mueve a esto o aquello, es una experiencia personal indiscutible. Por otro lado, Dios sabe que el hombre hará voluntariamente esto o aquello, lo que no elimina que el hombre haga voluntariamente esto o aquello. Lo cual no explica, según San Agustín, lo que puede llamarse “el misterio de la libertad”, pero aclara por lo menos que la presciencia de Dios no equivale a una determinación de los actos voluntarios de tal suerte que los convierta en involuntarios. Sigue leyendo