La idea de universidad. Fabio Morales

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Aula de universidad medieval

En las páginas que siguen, voy a exponer una serie de reflexiones sugeridas por la lectura del libro del filósofo Karl Jaspers, Die Idee der Universitdt, publicado en 1946. Mis reflexiones no varían esencialmente de las de Jaspers, y no revisten originalidad mayor. En general, parece difícil agregar algo sustancial a lo que han sido desde siempre las características esenciales de la universidad. Donde quizás sea posible aportar algo es en el énfasis puesto en los diversos aspectos tratados. Se trata de principios que hoy, de nuevo, están siendo cuestionados, con lo cual se amenaza, a mi parecer, la idea misma de la universidad y su existencia como institución (1).

IDEA DE LA UNIVERSIDAD

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Universidad de Bolonia (1088), conocida como Madre de la universidad

Lo primero que cabe preguntarse es, naturalmente, ¿qué es la universidad? Esta pregunta no se refiere, por supuesto, a lo que de hecho sean las universidades hoy en día, ni a una “esencia metafísica” que pudieran tener, sino a lo que consideramos debería ser la universidad en el momento actual en Venezuela, a un “ideal” de la misma. Ciertamente, cuando se define la universidad, no se puede dejar de considerar el desarrollo que ha tenido a lo largo de su historia, desde su precedente en la Academia platónica, pasando por su reaparición y reestructuración en la Edad Media (como una “corporación de estudiantes y maestros”) hasta llegar a la gran diversidad, de acuerdo a países y propósitos particulares, de las universidades en nuestros días. Al fin y al cabo, las instituciones son objetos culturales peculiares, que no sólo presuponen determinadas ideas y concepciones, sino logros concretos. Pero, a pesar de los muchos cambios y reformas que ha sufrido la universidad a lo largo de su historia, pueden identificarse en ella dos rasgos esenciales: el de estar dedicada ante todo al cultivo del saber, sin prejuicios ni dogmas incompatibles con su búsqueda, y el de poner en un mismo sitio a investigadores y alumnos para transmitir ese saber e impartirle su máximo desarrollo posible. Sólo caracterizando primero estos dos rasgos fundamentales de la universidad, es posible pasar luego a tratar en su justa perspectiva otros temas como, por ejemplo, el de sus obligaciones para con la sociedad.

LA BÚSQUEDA DEL SABER POR EL SABER MISMO

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Antigua escuela catedralicia, actual Patio de las Escuela Menores de la Universidad de Salamanca (1218), la primera que ostenta el título de Universidad

Al decir que la esencia de la universidad es la de ser un marco donde se pueda cultivar el saber por el saber mismo, y hacerlo avanzar lo más posible, se está aludiendo al tipo de saber constituido por las distintas ciencias y disciplinas, un saber que cuenta con una estructura determinada y sus propios métodos rigurosos para la búsqueda, discusión y verificación de la verdad. Esto no excluye, por supuesto, a las disciplinas humanísticas, aunque la metodología de éstas no sea la misma que la de las llamadas “ciencias naturales” o la de las “ciencias exactas”.

Un rasgo esencial de la manera en la que se cultivan los saberes en las universidades estatales es que en ellas se renuncia voluntariamente a recurrir a dogmas religiosos o políticos para establecer la verdad. Entiéndase bien: no es posible que los miembros de la universidad carezcan de una serie de creencias particulares. Pero en cuanto miembros universitarios, se abstienen de utilizar su cátedra para hacer proselitismo político o religioso, y no permiten, hasta donde ello es posible, que sus convicciones personales interfieran en la libre discusión de las ideas o en la conducción administrativa.

Eso no impide que paralelamente a las universidades estatales existan también las llamadas “confesionales”, donde los seguidores de una religión pueden recibir una formación de acuerdo con sus convicciones íntimas. El asunto del grado de libertad de cátedra en temas de ética o religión, en estas instituciones, es delicado, pero en todo caso pareciera que incluso las universidades confesionales deberían estar abiertas al diálogo con personas de convicciones religiosas o políticas distintas a las propias.

Quiero hacer notar que la “búsqueda de la verdad”, presupuesta en la noción del cultivo del saber por el saber mismo, constituye sólo una idea regulativa, pues a la verdad completa sólo nos es dado aproximarnos, nunca llegar a ella. Tampoco quiero dar la impresión de que limito la verdad a la estudiada por las ciencias naturales o formales. Al contrario, considero que la realidad objetiva no es un mero asunto de los hechos, de cómo es el mundo, sino que también abarca el ámbito del deber ser, es decir, los terrenos de la moral y la utopía. Y ello no por una moda cultural, sino porque el hombre es un ser esencialmente práctico, es decir, un ser que configura continuamente su propia realidad material y espiritual; no de una manera caprichosa o subjetiva, por cierto, como dan por sentado algunos, sino de acuerdo con ciertas pautas, a una sabiduría que se ha ido decantando a través de los siglos en las distintas culturas y en sus productos más visibles: las obras clásicas de la literatura, las ciencias o el arte. De ahí la necesaria inclusión de las humanidades y de las artes en la universidad. Queremos no sólo un mundo con más comida y más autos, sino un lugar donde merezca la pena vivir, aparte de la satisfacción de las necesidades más elementales se nos brinden asimismo los bienes espirituales y culturales.

El ideal de la búsqueda de la verdad no impide que los saberes en nuestras universidades lleguen a tener rasgos específicamente latinoamericanos. Y en esto no hay nada de demagógico o vago: si los valores forman, como he argumentado, parte esencial de la realidad, tenderemos a cultivar aquellas áreas científicas, técnicas o humanísticas que se acomoden mejor a nuestros intereses y a nuestra cultura. La resultante será, sin duda, una visión parcial del universo. Pero siempre que cultivemos al saber sin nacionalismos o estrechez de ideas, no hay nada de malo en ello.

La conclusión final de las consideraciones anteriores es que la formación de profesionales para el desarrollo de un país no es una tarea que esté reñida con el ideal de la universidad como lugar para la búsqueda de la verdad. Las ciencias puras pueden y deben ser savia nueva para la renovación de las tecnologías. Pero se puede estudiar únicamente en función de las necesidades tecnológicas del momento, pues no sabemos, por decirlo así, qué máquinas vamos a necesitar mañana. Por otro lado, la inclusión de las ciencias humanas y las artes en los pensa universitarios no tiene por qué implicar un relajamiento de los cánones de cientificidad o en la calidad de la formación profesional impartida. Toda ciencia o disciplina tiene sus propios métodos y campos de validez: es imposible, por ejemplo, exigirle a la economía la misma exactitud que a la matemática. Pero esto no quiere decir que todo valga. Hay criterios de rigor internos en cada disciplina. Cada una de las ciencias, cada saber técnico, cada una de las humanidades y de las artes arroja luz propia sobre un aspecto importante de la realidad; y todas juntas nos dan un cuadro general que es superior a la suma de sus partes. Es indispensable, para la supervivencia de la institución universitaria, que la sociedad garantice la existencia de un sitio donde la empresa colectiva de la búsqueda de la verdad se pueda seguir llevando a cabo de forma consciente y digna.

LA UNIDAD DE LAS CIENCIAS

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Biblioteca de la Universidad de Dublín (1592)

Es significativo que en muchas universidades los distintos estudios profesionales aún se sigan agrupando en “facultades”. La presuposición tácita es que no todas las ciencias tienen igual peso, y que mientras unas son fundamentales para diferentes profesiones, otras son secundarias, meras especializaciones de las primeras. Algunas carreras ni siquiera parecen merecer el calificativo de científicas, y a lo sumo cabría denominarlas “técnicas”, como tal vez sucede con las de “administración”, “hostelería”, “cocina”, etc. Pues bien, se podría preguntar si las distintas facultades obedecen a una división arbitraria, realizada exclusivamente con fines prácticos, o tiene que ver con los respectivos ámbitos de la realidad que son objeto de estudio. Esta pregunta es relevante en una época en que las carreras tecnológicas han aumentado en número desproporcionado. La proliferación de saberes pudiera llevar a dudar que exista unidad alguna entre las ciencias, con lo que la universidad pasaría a ser un centro de mera acumulación de conocimientos particulares. La idea de universidad como universitas, es decir, como centro de la totalidad de los saberes, perdería su vigencia, ya que no existirían criterios, y sólo intereses particulares, para admitir o no una determinada disciplina en el pensum universitario.

Si no existiera algo que unificara los saberes más allá de razones prácticas, nada impediría, según parece, sustituir las universidades por institutos tecnológicos, donde se enseñen las destrezas y conocimientos que la industria y la sociedad requieren para su desarrollo. Considero que sigue siendo indispensable contar con un lugar para el encuentro de los distintos saberes, para satisfacer el ansia de conocimiento que tienen los miembros de una sociedad. Inversamente, si no se toma en serio la aspiración humana por encontrar la verdad, la universidad pierde su sentido y puede ser sustituida por institutos especializados (2).

Una posible objeción a esta tesis es que la unidad de las ciencias no ha sido nunca lograda, y que la creciente diversificación de los paradigmas científicos en los últimos siglos pareciera apuntar más bien hacia un fenómeno de dispersión y alejamiento de este ideal. Pero frente a ello se pueden hacer las consideraciones siguientes:

  1. El hecho de que todas las ciencias se refieran a un mismo universo pareciera indicar, en principio, que tienen que estar relacionadas entre sí (aunque nunca lleguemos a encontrar todos los nexos relevantes). Si esto es así, pareciera que para alcanzar los fundamentos de una ciencia hay que comenzar por fijar su lugar relativo dentro del campo del saber. Aunque las relaciones entre los distintos ámbitos de la realidad sean objetivas, nuestro imperfecto conocimiento de las ciencias nos obliga a estar revisando continuamente nuestra visión general de las mismas. Sólo si quienes practican cada una de las ciencias tienen la oportunidad de compartir los resultados de sus investigaciones con sus colegas de otras disciplinas, se puede lograr un enriquecimiento mutuo de los saberes y una mayor conciencia de lo que cada saber es y aporta a la sociedad. Dada la complejidad del saber, es imposible hoy que una persona o una sola disciplina (como antaño la filosofía) pueda lograr la deseada integración de los saberes; pero el concurso de muchos científicos puede brindar avances considerables sobre nuestra visión integral del mundo (3).
  2. La integración entre las distintas disciplinas se puede llevar a cabo con diversos grados de generalidad: no todos los avances de las ciencias afectan a las relaciones fundamentales entre las mismas. Y aquellos que sí las afectan pueden hacerlo de una manera más o menos radical. Por eso, el mero conocimiento de ciertas relaciones formales entre los campos del saber es ya de gran utilidad para cualquier científico, y puede servir como horizonte básico, de carácter provisional, para ahondar en la problemática del conocimiento particular.
  3. La especialización de los saberes actuales, en creciente alimento, puede conducir a deformaciones, sobre todo cuando se trata de aplicarlos a la transformación de la realidad social. Así, la ingeniería genética no puede desconocer, como a veces sucede, las reflexiones de la ética o la ecología; no sólo en sus aplicaciones prácticas, sino también en el diseño de sus políticas de investigación. La universidad como lugar de cultivo del saber por el saber mismo es el lugar ideal para corregir tales deformaciones. En efecto, dado que no se puede determinar a priori qué saberes van a ser relevantes para cuáles otros, es preciso estar “abierto” hacia todas las posibilidades. El amor desinteresado a la verdad permite acceder a una perspectiva no directamente afectada por prejuicios profesionales. Las ciencias se han estado creando o reagrupando a lo largo de su historia, y la universidad ha desempeñado, y seguramente seguirá desempeñando, un papel primordial en este proceso.
  4. Finalmente, es preciso desarrollar en el investigador universitario la conciencia de que, al cultivar su particular campo de estudio, está contribuyendo a una empresa mayor, la de aumentar el conocimiento total que los seres humanos tenemos de la realidad. Esta conciencia se logra sólo si se actúa en un medio donde el deseo de lograr una visión de la totalidad del saber sea un ideal compartido. Aumentar el saber de la totalidad no consiste únicamente en obtener resultados parciales y publicarlos en revistas, pues éstos pudieran ser incompatibles con los obtenidos en otras ciencias, o incluso en otras ramas de la misma ciencia. Es preciso que exista también la voluntad de asimilarlos dentro de un marco teórico más amplio, dentro de la ciencia propiamente tal. Aunque las disciplinas más orientadas a la experimentación y a la tecnología tienen cabida legítima en la universidad, es preciso reconocer su subordinación, a cierto nivel, bajo la correspondiente ciencia básica.

DIMENSIÓN CORPORATIVA DE LA UNIVERSIDAD

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Pórtico del Ashmolean Museum (1677), en la Universidad de Oxford (1096), primer museo universitario

La universidad de la Edad Media surgió como una corporación de maestros y estudiantes, y en esto intentaba revivir la Academia platónica, que había asociado a filósofos y científicos que deseaban comunicarse mutuamente sus ideas y discutirlas libremente. Alguien pudiera considerar a los pitagóricos como el verdadero antecedente de la universidad. Pero aunque también éstos formaron comunidades que cultivaban ciencias como las matemáticas y la teoría musical, aún estaban demasiado influenciados por dogmas religiosos y políticos, hecho que resulta ajeno a la idea de una libre asociación de personas interesadas en el conocimiento. En cambio, la Academia platónica se distinguía por una amplia libertad de opinión, como lo demuestra el hecho de que ninguno de los discípulos inmediatos de Platón de que tenemos noticia pensara exactamente igual que él. Y esa característica de la libre discusión racional, el mandato socrático de estar dispuesto a cambiar de opinión si el interlocutor respectivo presenta argumentos de suficiente peso que lo justifiquen, es decir, el amor desinteresado a la verdad, sigue siendo uno de los rasgos inconfundibles de la universidad.

Lo característico de la universidad medieval, por contraste con la Academia, es haber recibido un marco jurídico adecuado a sus fines y suficiente apoyo de las autoridades políticas de su tiempo, que sin embargo no coartaron su relativa autonomía. Ello le dio una rápida difusión a este nuevo tipo de institución, y pudieron acceder a ella todas las clases sociales, incluso las más humildes. El único requisito de ingreso era la dedicación completa al estudio, y el estar dispuesto, dentro de ciertos límites marcados por la fe cristiana, a someter las propias creencias al escrutinio racional y a la discusión pública con los pares. Al mismo tiempo, la docencia se convertía en una de las obligaciones de los miembros asociados (en la Academia platónica tal función no había estado, probablemente, reglamentada). Esta actividad fue creando a lo largo del tiempo una especie de éthos universitario, que incluía valores como los siguientes: amor a la verdad, entrega por parte de los maestros a la formación intelectual de los estudiantes, e independencia de los miembros del claustro frente a los poderes políticos y religiosos externos a la institución. No importa que no siempre se realizaran estos valores; basta con que hayan sido reconocidos como tales, y hayan pervivido hasta nuestros días. Así quedaron establecidas las que serían las dos líneas de actividad fundamentales de la universidad: la investigación y la docencia.

INVESTIGACIÓN

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Encuentro de doctores en la Universidad de París

La investigación por parte de los profesores es una tarea esencial de la universidad, pues sólo mediante ella la universidad logra cumplir una de sus metas principales, la del máximo adelantamiento de las ciencias. La universidad tiene que ser el lugar de la sociedad donde se cultiven las ciencias de la manera más avanzada. Ella es la depositaria de los más recientes descubrimientos de la ciencia en todo el mundo. Por eso debe tratar de ser selectiva y reclutar a los mejores profesores y estudiantes, y debe fomentar entre sus miembros la competencia, estimulando a sus más destacados miembros. Una buena universidad no es necesariamente una universidad grande, sino una universidad que logra agrupar a los investigadores más brillantes de su medio.

Una universidad donde no se investigue tenderá a repetir conocimientos sin entenderlos, pues una de las características de la verdadera ciencia es la de estar dispuesta a revisar continuamente sus conclusiones y presupuestos. Además de conocimientos propiamente dichos, la universidad debe transmitir los métodos y actitudes para su adquisición.

Por otro lado, la sociedad debe poder recurrir en cualquier momento a la universidad para que ésta la oriente, con sus conocimientos de punta, en cualquier empresa práctica que desee emprender. Esto sólo se logra si los profesores universitarios disponen del ocio y los recursos necesarios para realizar investigación del más alto nivel. Para utilizar la metáfora de Andrés Bello, el ilustre gramático venezolano, la difusión de las ciencias y las letras requiere de algunos hogares desde donde la luz se difunda a toda la sociedad. Y, como añade el propio Bello, si bien la existencia de esos hogares no garantiza la difusión de las luces, sin ellos, tal difusión nunca ocurriría.

DOCENCIA

1614 --- University Lecture Room by Martin de Cervera --- Image by © Alfredo Dagli Orti/The Art Archive/Corbis
Lección universitaria de teología, con alumnos de diversas órdenes religiosas

Lo ideal es que docencia e investigación recaigan sobre una misma persona, la del docente universitario. En efecto, el estudiante modelo no debe ser un mero repetidor de conocimientos, sino alguien capaz de aprender a hacerlos avanzar, es decir, un verdadero científico. Pero esto sólo se logra si un profesor no sólo transmite los saberes acumulados, sino al mismo tiempo el método de su descubrimiento. El estudiante debe ser, por decirlo así, testigo presencial del proceso de generación del saber. Sólo así podrá asimilar la pasión y la técnica de la búsqueda de la verdad, colocando las bases para convertirse a su vez en un futuro científico.

De ahí que la convivencia del intercambio personal y constante entre maestro y estudiantes sea esencial a la institución universitaria. Acaso el éthos resultante (o conjunto de valores, reflejados en el comportamiento) sea lo que ha consolidado el prestigio de las universidades y permitido su longevidad. Se trata de un éthos que se encuentra en peligro de extinguirse, en una época en que se exigen resultados rápidos y visibles. El contacto personal entre maestro y alumno transmite, junto con los conocimientos, el respeto a la verdad, la pasión por encontrarla, la humildad intelectual, el rigor metodológico y el estímulo hacia una permanente autosuperación. Sirva esto de comentario acerca de la creencia de que es posible sustituir las universidades por el simple aprendizaje individual basado en libros o en tecnología informática.

Jaspers, en el libro citado al comienzo, colocaba, junto a las funciones universitarias de la docencia y la investigación, la de la formación de sus estudiantes. Yo he preferido no separar la función formativa de las otras dos. En primer lugar, porque concibo que toda labor de verdadera investigación y docencia debe a la vez ser formativa, no sólo en los saberes respectivos, sino en lo que más arriba denominé el éthos universitario. En segundo lugar, porque considero que las llamadas ciencias del espíritu (es decir, las ciencias sociales, la filosofía, las artes, etc.) caen dentro del campo del saber general cuyo cultivo es la finalidad principal de la universidad. Es decir, se refieren a una parte tan objetiva de la realidad como la estudiada por las ciencias naturales y exactas. La realidad objetiva incluye los valores humanos, porque no tenemos más remedio que conocer y transformar la realidad desde nuestra particular perspectiva. Una realidad aséptica, sin valores, no es realidad; quien se engañe al respecto egresará de la universidad con una formación defectuosa y una visión distorsionada del mundo. De ahí que sea tan importante que, por un lado, los científicos estén al tanto de los logros obtenidos en otras ramas del saber, incluyendo las humanísticas y al revés, que los humanistas no desconozcan los resultados de las ciencias empíricas y teóricas; y, por otro lado, que los estudiantes reciban una formación lo más completa posible, es decir, no sólo científica sino también humanística.

COMPROMISO DE LA UNIVERSIDAD CON LA SOCIEDAD

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Universidad de Caracas en 1911, actual Palacio de las Academias

La consigna del compromiso de la universidad con la sociedad es una de las más repetidas. Existe ciertamente este compromiso, pues la universidad al perseguir desinteresadamente la verdad en el campo científico, beneficia a corto plazo (con sus egresados) y a mediano y largo plazo (con su descubrimientos científicos y sus ideas) a la sociedad que la ampara. Pero la tendencia actual hacia una mercantilización de todos los órdenes de la vida ha llevado a entender dicho compromiso como una obligación de “hacer rentable” las “inversiones” que la sociedad, a través del Estado, habría efectuado en la universidad. Se trata, creo, de una concepción sumamente peligrosa, que podría acarrear la desaparición de las universidades. El Estado y la sociedad no sólo “invierten” en la universidad, en el sentido monetario de la palabra. Los beneficios obtenidos en la universidad no son evaluables exclusivamente en cifras puramente económicas, o por el número de egresados, sino sobre todo en función del verdadero progreso de la sociedad, de la creación de tecnología para la solución de problemas, del avance del saber y del conocimiento, y de la formación de las élites científicas de las nuevas generaciones, nada de lo cual es fácilmente medible en cifras.

La concepción mercantilista de la universidad tiene como consecuencia la formación defectuosa en los egresados: al carecer éstos de una conciencia de los vínculos entre su disciplina y la totalidad del saber, tampoco logra descifrar el sentido de su actividad en el medio en que viven. Por otro lado también la propia actividad científica dentro de la universidad resulta perjudicada por la concepción instrumentalista del saber: la extendida fragmentación de las disciplinas y las deformaciones propias de los especialistas, que por el solo hecho de conocer algo dentro de su propio campo pretenden saberlo casi todo, terminan por convertir a las llamadas universidades en verdaderos institutos tecnológicos de calidad cada vez más dudosa.

Las universidades surgieron históricamente porque algunos poderes políticos (los papas o los príncipes) consideraron que era importante que existiera un lugar donde se cultivara el saber por el saber, donde se buscara la verdad por sí misma. La dotación de recursos financieros por parte de instancias externas a la propia universidad, sean éstas el Estado o fundaciones privadas, no puede comprometer su autonomía: el claustro debe tener el derecho a decidir cómo utilizar los medios económicos a su alcance y, sobre todo, cómo organizarse internamente. Por encima de exigencias de rentabilidad, tienen que privar los criterios de la Academia.

MISIÓN DE LOS ESTUDIOS GENERALES DENTRO DE LA UNIVERSIDAD

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Panorámica de la Universidad Simón Bolívar, en el Valle de Sartenejas

Debido a que en las universidades el pensum de estudios de las carreras profesionales suele estar en su mayor parte formado por asignaturas científicas, se ha considerado necesario proveer a quienes las cursan de una formación complementaria, constituida básicamente por lo que se han llamado ciencias del espíritu o humanidades. Los llamados Estudios Generales, de extendida presencia en muchas universidades norteamericanas, tienen la función de transmitir al estudiante una noción aproximada del sentido que tienen las diversas disciplinas científicas y humanísticas en su vinculación con la totalidad de los saberes (y por ende, de la realidad), para despertar en él el amor por la verdad, y darle una idea de las posibilidades de estudio que existen más allá de su especialidad (las que acaso explore una vez concluidos sus estudios profesionales) y de las preguntas que conciernen al ser humano en cuanto ser humano (4).

En este sentido, los Estudios Generales desempeñan un papel parecido al de la filosofía en las antiguas universidades medievales. Sin embargo, no tienen por qué ser impartidos exclusivamente por filósofos. Cualquier científico o humanista puede, desde su propio campo, tender puentes hacia una reflexión totalizadora, que busque anclar al estudiante en la realidad concreta que lo rodea. Desde el momento en que una ciencia comienza a interrogarse por el sentido de sus presupuestos básicos, sale fuera de su propio ámbito y se conecta con la perspectiva general del saber.

De ahí que los Estudios Generales no puedan consistir simplemente en añadir nuevas asignaturas a la carrera del estudiante. La simple agregación de conocimientos no implica una ampliación de su visión del mundo, ya que el universo es potencialmente infinito y no hay un término al conocimiento de los hechos. El ensanchamiento de la perspectiva del estudiante tiene que venir por vía cualitativa y no cuantitativa, debe centrarse en la reflexión crítica sobre los distintos saberes y, a través suyo, de la realidad circundante e incluso existencial del propio estudiante, al modo socrático. Unos Estudios Generales desvirtuados por un enciclopedismo desordenado se convierten en adorno prescindible y caprichoso, susceptibles de ser eliminados al menor recorte presupuestario.

Por otra parte, es obvio que los Estudios Generales no pueden servir de excusa para que las distintas ciencias que se cultivan en la universidad evadan, desde su correspondiente perspectiva, las preguntas sobre sus fundamentos y sobre las relaciones tanto con ciencias más básicas como con otras ciencias afines. La verdadera actitud científica trata de ir siempre hasta las bases. La economía de tiempo y recursos hace inevitable que algunos profesores se dediquen preferentemente a la experimentación y a la investigación especializada; pero junto a ellos deben existir los científicos más teóricos, que integren los resultados parciales en el conocimiento general. En otras palabras, los Estudios Generales no son una parte ornamental de la formación universitaria, ni tampoco una especie de solución de emergencia frente a las deficiencias que puedan presentarse en las disciplinas científicas.

ALGUNAS REFLEXIONES SOBRE LA UNIVERSIDAD VENEZOLANA

Tal vez se diga que la idea de universidad esbozada en las páginas anteriores peca de idealista, pues no toma en cuenta la realidad venezolana, y que la limitación de recursos hace necesario establecer prioridades. Incluso concediendo que ciertos aspectos deben recibir un apoyo institucional más decidido que otros, pareciera importante no perder nunca de vista el ideal de la universidad, para acercarnos a él lo más posible. No cabe duda, sin embargo, de que la adopción de políticas universitarias hace necesario tener en cuenta las circunstancias concretas de nuestro medio cultural.

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Nubes de Calder, en auditorio de la Universidad Central de Venezuela

Vayan, pues, las siguientes consideraciones en relación con puntos ampliamente debatidos en la actualidad:

  1. Sobre la deseable unión de investigación y docencia en el profesorado universitario, es preciso tomar en cuenta que en nuestro medio no es posible aplicarla con rigor. Si bien lo ideal es que las figuras del investigador y el docente recaigan sobre una misma persona, no por ello se puede prescindir de los buenos profesores, especialmente cuando éstos son relativamente escasos. Lo conveniente tal vez sea una politica de estímulos a la investigación, prudentemente aplicada.
  2. Es preciso que la universidad cuente con autonomía para distribuir los recursos que le son asignados. Pero ello no significa que no deba reinar transparencia y control en el manejo de los fondos con que cuenta, y no tanto porque se los asigne el Estado, sino porque las autoridades le deben esa información a los propios miembros del claustro.
  3. Sobre el punto tan comentado de la necesidad de privilegiar las investigaciones en las áreas más importantes para el desarrollo de la nación, se impone suma cautela, pues, ¿quién decide lo que es importante para un país? ¿Son importantes, por ejemplo, la filosofía y la literatura? ¿Se mide el bienestar de una nación en términos puramente económicos? Además, la inestabilidad de la economía mundial hace que varíen enormemente las áreas en que existe una demanda de profesionales (piénsese, por ejemplo, en la contracción del sector petrolero con la caída de los precios del crudo en la década de los noventa). En principio, debe reinar la amplitud de criterios, aunque se puede aplicar prudentemente una política de información y de estímulo en ciertas áreas.
  4. A la universidad no tienen por qué asistir la mayoría de los jóvenes en edad de hacerlo. Existe en Venezuela un falso prejuicio entre las clases medias y altas, consistente en creer que no graduarse en una universidad significa fracasar profesionalmente (5). En países altamente industrializados, el porcentaje de jóvenes que estudian en la universidad es relativamente bajo, y la mayoría opta por carreras técnicas. Esto tiene que ver con el prestigio social y la buena remuneración que estas últimas reciben en aquellos países, y que en Venezuela son muy bajos. El correctivo aquí no consiste en transformar nuestra concepción de la universidad, y eliminar, por ejemplo, todo requisito de ingreso, reducir sus estándares de calidad, etc., sino en desviar a aquellos estudiantes que no demuestren las aptitudes, la dedicación y el rendimiento necesarios hacia otros tipos de formación profesional.
  5. Sobre los niveles de exigencia en los exámenes y pruebas de ingreso: la crisis estructural de la educación venezolana hace que los bachilleres ingresen a la universidad con una preparación cada vez más precaria. El docente se ve a menudo en el dilema de, o bien mantener sus niveles de exigencia y reprobar a la mayoría de sus alumnos, o bien reducir dichos niveles y disminuir la calidad de la enseñanza. De nuevo, se impone una vía intermedia, consistente en presionar al estudiantado para que eleve el nivel de su rendimiento a los niveles deseados, y tomar en cuenta al mismo tiempo sus lagunas y deficiencias, tratando de subsanarlas “sobre la marcha”. Sin embargo, la verdadera solución consiste, por supuesto, en mejorar la enseñanza primaria y secundaria del país, algo que, en principio, cae fuera del rango de acción de la universidad como tal.
  6. En cuanto a la cooperación entre el sector privado y la universidad, la universidad no puede ni debe mostrarse ajena a las necesidades del sector privado, ni tiene por qué renunciar a los fondos y subsidios que recibe de éste por concepto de cooperación. Pero debe asegurar su independencia administrativa y académica, y evitar que los profesores, por servir a la industria y mejorar su remuneración, descuiden sus obligaciones fundamentales en la docencia y la investigación científica. En todo el mundo especializado se percibe una peligrosa subordinación de la universidad a los intereses del capital privado o a las políticas gubernamentales de desarrollo industrial.
  7. Es frecuente que a la universidad se le atribuyan tareas que no le corresponden, como la de formar a los líderes políticos del país, solucionar los problemas económicos de la sociedad, ser la guía espiritual de la nación, dirigir la educación pública, etc. La universidad puede realizar aportes en todas estas áreas, sobre todo si los individuos que integran su profesorado tienen el talento y la iniciativa para ello; pero estos aportes no constituyen su única razón de ser. En efecto, los políticos se forman parcialmente por medio de conocimientos, pero sobre todo en la arena de las luchas políticas extra universitarias (de hecho, los científicos no han sido, por lo general, buenos gobernantes). Asimismo, los profesores y estudiantes universitarios pueden, y acaso deben, proponer soluciones para el país, pero siempre en un mismo pie de igualdad que cualquier otro ciudadano (excepto, por supuesto, en lo que respecta a los conocimientos técnicos). Su calidad de miembros de la universidad no los autoriza, en cambio, para erigirse en guías espirituales de la nación. Y en cuanto a la educación pública, es innegable que los universitarios estarán en mejores condiciones de examinar las necesidades educativas de un país, de elaborar autorizados libros de texto para bachillerato y planes de estudio, etc. Pero la aplicación efectiva de estas políticas no le corresponde a la universidad como tal, sino al Gobierno a través de su Ministerio de Educación; la universidad tendría, a lo sumo, una función asesora. Respecto a la política, la universidad debe mantener una doble actitud: por un lado, debe rechazar inmiscuirse en las pugnas de poder externas a la institución misma; por otro lado, es importante que lleve a cabo investigaciones sobre los problemas políticos del país y proponga soluciones, aunque sin aplicarse directamente a su realización”. Obviamente, los miembros de la universidad son a su vez ciudadanos de una nación, y como tales poseen obligaciones y derechos; pero éstos no les competen como miembros del claustro, sino, precisamente, como ciudadanos. En pocas palabras, la universidad sí tiene una función orientadora en la sociedad, pero en el terreno de las ideas y el asesoramiento tecnológico.
  8. Finalmente, cabe llamar la atención sobre un problema que resultaría obvio, si no fuese porque su frecuencia pareciera haberlo convertido en invisible: la creciente burocratización de la universidad venezolana. Este problema afecta en general a todo el aparato del Estado contemporáneo. Es tan grave, que compromete el logro de los fines asignados a la universidad, convirtiéndola en poco menos que un cascarón vacío: la institución dedica una parte asombrosamente grande de sus recursos humanos y financieros a su administración, que para colmo resulta cada vez menos eficiente. Las actividades académicas se encuentran cada vez más sobrecargadas por trámites burocráticos engorrosos, como la solicitud de informes, arbitrajes, memoranda, curricula, etc. Es obvio que la solución a la ineficacia administrativa que aqueja a buena parte de nuestras universidades no puede venir por la imposición de nuevos requisitos procedimentales, sino por la vuelta al sentido originario de la universidad (el cultivo y la transmisión del saber) y de sus dos principales vehículos de acción (la docencia y la investigación). Se trata no de aplicar cada vez más controles, que consumen el tiempo y los recursos de la institución y agotan la mística de su profesorado, sino de atreverse a confiar en los individuos (profesores y estudiantes por igual), concediéndoles las responsabilidades que les corresponden, y exigiéndoselas severamente cuando no las cumplieren.
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La lucha del hombre por la cima, escultura de Carlos Prada, en jardines de la Universidad Simón Bolívar

En resumen, un primer paso para la solución de los problemas que aquejan hoy a la universidad
venezolana consiste en reestructurar el sistema educativo y tener claros los fines específicos de la institución universitaria. Las universidades se han masificado en exceso, han sacrificado su calidad, y se han politizado innecesariamente (casi siempre las pugnas políticas han respondido a ambiciones de poder de los actores respectivos). Su eficacia se mide por baremos ciertamente importantes, pero cuestionables si se aceptan —como suele hacerse— de un modo absoluto: el número de publicaciones (sin importar la calidad de las mismas), los contratos de cooperación con la industria privada (a veces en detrimento de la dedicación del profesor a las tareas académicas), el número de egresados (de nuevo sin tomar en cuenta sus niveles de preparación), etc. La universidad, tal es la conclusión general del presente ensayo, debe ser una institución altamente selectiva, donde se formen los más prestigiosos científicos y profesionales de una sociedad, con conciencia de sus deberes y derechos ciudadanos, con una visión clara de lo que es el conocimiento, la ciencia y la conciencia.

NOTAS:

  1. En el presente artículo hago énfasis en la idea del saber por el saber mismo, no porque desconozca el papel fundamental que la tecnología desempeña en la universidad contemporánea y el compromiso que la universidad tiene para contribuir al desarrollo económico de un país, sino porque considero que el antiguo ideal de la búsqueda de la verdad, esencial a la institución universitaria, se encuentra hoy en peligro de perderse.
  2. Debido a que la ética y la política constituyen dimensiones fundamentales de la naturaleza humana, este ideal del saber por el saber mismo no tiene por qué implicar, como veremos más adelante, una evasión de las responsabilidades hacia la sociedad por parte de la institución universitaria.
  3. Se puede alegar con razón que nuestras universidades admiten en su seno nuevos saberes y disciplinas de acuerdo con las prácticas aceptadas por la comunidad científica internacional, pero estamos obligados a revisar críticamente los criterios subyacentes a dichas prácticas.
  4. Dentro del sistema universitario alemán, derivado de la concepción de Wilheim von Humboldt, la obligatoriedad de tales Estudios Generales no ha sido considerada como necesaria, porque el estudiante suele hacer uso prolijo de su libertad para cursar materias de otras carreras (usualmente humanísticas), que le son reconocidas para la suya.
  5. Una prueba de ello es la denominación de “colegios universitarios” a institutos que forman al estudiante en carreras técnicas de unos tres años de estudio.

La idea de universidad. Perspectivas filosóficas y vida académica, pp. 41-58, Caracas, Equinoccio, 2006

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