Hombres de Dios

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San Pablo, por El Greco

Pero tú permanece fiel a la doctrina que aprendiste y de la que estás plenamente convencido: tú sabes de quiénes la has recibido. Recuerda que desde la niñez conoces las Sagradas Escrituras: ellas pueden darte la sabiduría que conduce a la salvación, mediante la fe en Cristo Jesús. Toda la Escritura está inspirada por Dios, y es útil para enseñar y para argüir, para corregir y para educar en la justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y esté preparado para hacer siempre el bien.

Cartas de san Pablo. 2 Timoteo 3:14-17

Anacoretas

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San Jerónimo en oración, por El Bosco

Los anacoretas –hombres retirados–, llamados también ermitaños –hombres del desierto–, conocidos ya en tiempo de los judíos, comenzaron a extenderse desde los principios del cristianismo y se multiplicaron durante los siglos II y III a causa de las persecuciones. La primera manifestación de importancia de la vida anacoreta se dio en Egipto en torno a san Antonio Abad (251-356), quien congregó a su alrededor un gran número de discípulos que poblaron desiertos. Su modo de vivir se caracterizaba por la soledad y el silencio. Habitaban cuevas o cabañas, bien aislados o bien en grupos de dos o tres, dedicados plenamente a la oración, la penitencia y el trabajo manual. Una vez por semana, el domingo, los solitarios acudían a la iglesia en común para asistir a los oficios divinos y escuchar los consejos de los presbíteros. Otro anacoreta egipcio fue san Onofre (320-400), venerado por católicos y coptos; la tradición dice que, cuando murió, un coro angélico le rindió honores y alabanzas. También fue un ermitaño notable san Jerónimo de Estridón (340-420), Doctor de la Iglesia católica, traductor al latín de la Biblia llamada la Vulgata, considerado igualmente santo por ortodoxos y anglicanos.

Monjes

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San Benito de Nursia, por Fra Angélico

Esta forma de vida en solitario no satisfacía a todos, y la soledad y las dificultades, si no se estaba espiritualmente preparado, podía llevar a desarreglos mentales. Por esta razón, comenzaron a crearse comunidades monásticas organizadas para que los monjes pudieran tener soporte en su lucha espiritual. Mientras que los anacoretas tenían un elemento de socialización al encontrarse una vez a la semana para orar conjuntamente, los cenobitas –hombres que llevan vida comunitaria– se juntaban para rezar de forma más regular. Los cenobitas también socializaban más porque los monasterios donde vivían estaban localizados en un pueblo o en sus cercanías. Estos edificios son también llamados abadías (regidas por un abad) o prioratos (regidos por un prior).

San Benito de Nursia (480-547) empieza su experiencia como anacoreta en Italia. Por la cantidad de seguidores que le buscaban, no pudo continuar su vida de solitario, entonces agrupó en esa región y bajo su dirección a cuantos aspiraban a una vida monástica. La hostilidad del clero local le empujó a retirarse a Montecasino, donde edificó uno de los monasterio más famosos de Europa. San Benito escribió una Regla de vida que tiene en cuenta tanto la experiencia monacal de Oriente como las características que iban acuñándose en Occidente. Se desarrolla bajo la base de cuatro elementos: la oración común, la lectura y copia de la Biblia y de los clásicos latinos, la acogida de peregrinos y el trabajo manual y agrícola. El principal mandato es el ora et labora, con una especial atención a la regulación del horario. Se tuvo muy en cuenta el aprovechamiento de la luz solar según las distintas estaciones del año para conseguir un equilibrio entre el trabajo (generalmente agrario), la meditación, la oración y el sueño. Una de las críticas que tuvo esta regla al principio fue la «falta de austeridad» pues no se refería en ningún capítulo al ascetismo puro sino que se imponían una serie de horas al trabajo, al estudio y a la lectura religiosa, además de la oración.

Luego de la caída del Imperio Romano (478), el monacato católico, especialmente el benedictino, representó la obra de reconstrucción y de equilibrio del Occidente cristiano. Con el trabajo manual e intelectual de estos monjes, se salvó la economía rural y el tesoro de los clásicos. Se puede decir que durante el siglo VII, los monasterios fueron los únicos lugares vivos en el campo de la cultura. Los reyes de los diversas naciones europeas, a lo largo de la Edad Media, enriquecieron los monasterios con sus donaciones y hasta ellos mismos fundaron monasterios y se constituyeron en muchas ocasiones en los garantes de la vida monástica.

Canónigos y clérigos

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San Agustín en su estudio, por Vittore Carpaccio

San Agustín de Hipona (354-430), Doctor de la Iglesia católica, valoraba positivamente el estilo de vida en común de los monjes y las posibilidades de enriquecimiento espiritual que comportaba. Propuso entonces que los miembros de una diócesis se reunieran y vivieran en comunidad secundum regulam sub sanctis apostolis constitutam, «según la regla establecida por los santos apóstoles», siguiendo una Regla de vida, combinando y conciliando la plegaria y la vida monástica con la vida apostólica. Nacen así los canónigos regulares, quienes, a diferencia de los monjes, no tienen como objetivo la vida contemplativa ni el «alejamiento del mundo», sino el ministerio público de los sacramentos y el apostolado, pero, a diferencia de los clérigos regulares –obispos y sacerdotes– están vinculados a un lugar y a una comunidad determinada, y recitan en coro el Oficio divino.

Frailes

San Francisco de Asís (1181-1226) será el modelo de fraile –hermano–, un hombre que, renunciando a todos los bienes materiales, consagra su vida a Dios bajo los votos de castidad, obediencia y pobreza. A él se unirán once hombres más que, imitando su vida, peregrinarán hacia Roma donde presentarán su Regla de vida y solicitarán su aprobación. Otras órdenes mendicantes –caracterizadas por vivir de la limosna– son los dominicos, destacada en el campo de teología y doctrina –fundada por santo Domingo de Guzmán (1170-1221),  uno de cuyos miembros fue santo Tomás de Aquino (1224-1274), Doctor de la Iglesia católica–, los carmelitas, destacada en el campo de la mística –surgida en el siglo XII, uno de cuyos miembros fue san Juan de la Cruz (1542-1591), Doctor de la Iglesia católica– y los agustinos. Surgen buscando dar un giro a la vida religiosa de la Iglesia católica, manteniendo la tradición monástica basada en el estudio, así como la vida activa de los clérigos seculares –ordenados en el servicio religioso pero que viven “en el siglo”, en el mundo– y las órdenes militares y hospitalarias.

Los conventos –del latín conventus, «asambleas» o «congregaciones»– fueron pensados para servir de lugar de formación, reunión y descanso de religiosos que estaban imbuidos en tareas de predicación y enseñanza en el mundo urbano. Para dichas comunidades, a diferencia de las órdenes monásticas, los conventos no consistían en un fin en sí mismos –el fraile no vive para el convento; este es sólo un lugar de alojamiento y encuentro–; además, suelen estar en las ciudades y sus clérigos no viven en clausura sino en contacto con el pueblo.

Sacerdotes

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San Ignacio de Loyola, por Pablo Rubens

Las primeras órdenes de clérigos regulares –obispos y sacerdotes– se fundaron durante el siglo XVI. San Ignacio de Loyola (1491-1556) fue un militar y luego religioso español, surgido como un líder religioso durante la Contrarreforma –respuesta católica a la Reforma de Lutero–. Su devoción a la Iglesia católica se caracterizó por la obediencia absoluta al papa. Fundó la Compañía de Jesús, la mayor orden religiosa masculina católica hoy en día. Sus miembros profesan los tres votos normativos de la vida religiosa (obediencia, pobreza y castidad) y, además, un cuarto voto de obediencia al papa. La Fórmula del Instituto dice: «Militar para Dios bajo la bandera de la cruz y servir sólo al Señor y a la Iglesia, su Esposa, bajo el Romano Pontífice, Vicario de Cristo en la tierra». Su principio fundamental se volvió el lema jesuita: Ad maiorem Dei gloriam, «A mayor gloria de Dios». Sus Ejercicios espirituales, publicados en 1548, ejercieron una influencia proverbial en la espiritualidad posterior como herramienta de discernimiento.

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