Ortodoxia (extractos). Gilbert Keith Chesterton

Cuando se examinan los puntos impopulares del cristianismo, resulta que son los propios puntales del pueblo. El círculo exterior es una rígida guardia de abnegaciones éticas y de sacerdotes profesionales; pero dentro de esa guardia inhumana se encontrará la vieja vida humana, bailando como los niños, bebiendo vino como los hombres; porque el cristianismo es el único cerco de la libertad pagana.

G. K. Chesterton. Ortodoxia

Ortodoxia es un libro de ensayos del escritor británico G. K. Chesterton, publicado en 1908, que se ha convertido en un clásico sobre apologética cristiana. En él se presenta una visión original de la religión cristiana, que Chesterton ve como una respuesta a las necesidades naturales de los seres humanos, la “respuesta a un enigma”, y no como una verdad arbitraria recibida de alguna parte extraña a la experiencia humana. En el prefacio, el autor explica que su propósito es “intentar una explicación, no sobre si la fe cristiana puede ser creída, sino cómo fue que él llegó a creer en ella”.

A continuación se incluyen extractos de algunos capítulos, no para mostrar la línea argumentativa, sino el tipo de reflexión y el estilo literario.

I. INTRODUCCIÓN

Autorretrato con reloj frente a la crucifixión
Autorretrato con reloj frente a la crucifixión

La única justificación posible para este libro consiste en ser la respuesta a un desafío. Hasta un mal tirador se dignifica aceptando un duelo.

Cuando hace algún tiempo publiqué una serie de apresurados pero sinceros ensayos bajo el título de Heréticas, algunos críticos, por cuyas inteligencias siento caluroso respeto (puedo mencionar especialmente al señor G. S. Street), dijeron que estaba muy bien de mi parte sugerir a todos que probaran su teoría cósmica, pero que yo había evitado diligentemente confirmar mis consejos con el ejemplo. “Voy a comenzar a preocuparme por mi filosofía (dijo el señor Street) cuando el señor Chesterton nos haya expuesto la suya”. Tal vez fue imprudente hacer tal indicación a una persona demasiado dispuesta a escribir libros por la provocación más leve. Pero después de todo, aunque el señor Street haya inspirado y provocado la creación de este libro, no tiene ninguna necesidad de leerlo.

Si lo lee, verá que en forma personal, en sus páginas he intentado dar testimonio de la filosofía en la cual he venido a creer, valiéndome de un conjunto de imágenes mentales más que de una serie de deducciones. No voy a llamarla “mi filosofía” porque yo no la hice. Dios y la humanidad la hicieron, y ella me hizo a mí… (p. 5)

II. EL MANIÁTICO

…Ahora, hablando externa y empíricamente, podemos decir que la más consistente e inconfundible señal de locura es esta combinación entre la integridad lógica y la contracción espiritual. La teoría del lunático, explica un vasto número de cosas, pero no explica esas cosas en forma vasta. Quiero decir que si ustedes o yo lidiáramos con una mente que se vuelve mórbida, lo indicado sería, no tanto ofrecerle argumentos como darle aire, para convencerla de que existe algo más limpio y fresco, fuera de la sofocación de un único argumento. Supongamos que fuera, por ejemplo, el primer caso típico que mencioné: el caso de un hombre que acusara a todo el mundo de conspirar contra él. Si pudiéramos expresar nuestros profundos sentimientos de protesta, apelando contra tal obsesión, supongo que le diríamos algo así: “Oh; admito que usted tiene su caso y que lo siente de corazón, y que muchas cosas son como usted dice. Admito que su explicación explica muchas cosas, pero ¡cuántas cosas no explica! ¿No hay en el mundo más historia que la suya; y todos los hombres se ocupan de usted? Suponga que demos por sabido los detalles; tal vez cuando aquel hombre en la calle se hizo el que no lo veía, fue por astucia; tal vez si el agente le preguntó su nombre, lo hizo porque ya lo sabía. Pero ¡cuánto más contento estaría si le constara que esa gente no se ocupa en absoluto de usted! ¡Cuánto más grande sería su vida si usted se  empequeñeciera en ella! ¡Si pudiera mirar a los otros hombres con curiosidad y gusto comunes, si pudiera verlos paseando como pasean su radiante egoísmo y su varonil indiferencia! Comenzarían a interesarlo porque vería que no se interesan en usted. Se evadiría de ese teatro vistoso y mezquino en el que siempre se representa su dramita personal, y se encontraría bajo un cielo más despejado, en una calle llena de espléndidos desconocidos”.

Rey David
Rey David

O supongamos que fuera el segundo caso de locura, el del hombre que reclama la corona; el impulso de ustedes, sería contestarle: “Está bien; tal vez usted sepa que es el Rey de Inglaterra pero, ¿por qué se preocupa? Haga un esfuerzo magnífico, sea un ser humano y mire de arriba a todos los reyes de la tierra”.

O podría ser el tercer caso, del loco que se cree Cristo. Si dijéramos lo que sentimos, diríamos: “¡Así que usted es el Creador y el Redentor del mundo! ¡Pero qué mundo pequeño debe ser! Qué cielo más pequeño debe habitar con ángeles no tan grandes como mariposas. ¡Qué aburrido ser Dios! ¡Y un Dios inadecuado! Realmente, no hay vida más plena ni amor más maravilloso que el suyo; y en realidad ¿es en su mezquina y penosa compasión que toda carne debe depositar su fe? ¡Cuánto más feliz sería si la masa de un Dios más grande, pudiera deshacer su pequeño cosmos, desparramara las estrellas como si fueran pajas, y lo dejara en la inmensidad abierta, libre como otros hombres de mirar hacia arriba y hacia abajo!”

Y hay que recordar que la ciencia más puramente práctica, ataca desde este punto de vista al mal mental; no intenta discutirlo como una herejía sino simplemente quebrarlo como un encantamiento. Ni la ciencia moderna ni la religión antigua creen en la completa libertad del pensamiento. La teología reprime ciertos pensamientos que llama blasfemos. La ciencia reprime ciertos pensamientos que llama morbosos. Por ejemplo, algunas sociedades religiosas, más o menos exitosamente quieren alejar al hombre del pensamiento sexual. La nueva sociedad científica intenta alejarlo del pensamiento de la muerte; que es un hecho, pero es considerado como un hecho morboso.

Y atendiendo a aquellos cuya morbosidad tiene un dejo de manía, la ciencia moderna se preocupa de la lógica, mucho menos que un derviche en pleno baile. En esos casos, no es suficiente que el hombre desgraciado desee la verdad; debe desear la salud. Nada puede salvarlo excepto una ciega ansiedad de normalidad. Ningún hombre debe creerse a salvo del desequilibrio mental; porque es el órgano que actúa el pensamiento el que se vuelve enfermo; ingobernable, como si fuera independiente. Sólo puede salvarlo la voluntad o la fe. Desde que empieza a actuar su razón, actúa en la antigua ruta circular; girará en torno de su círculo lógico, igual que un hombre en un coche de tercera clase de Juner Circle, girará en torno de Juner Circle, hasta que realice el voluntario, vigoroso y místico acto de bajarse en Gower Street. Aquí, la decisión lo es todo; una puerta debe cerrarse para siempre. Cada remedio, es un remedio desesperado. Cada cura, es una cura milagrosa. Curar a un hombre no es discutir con un filósofo, es arrojar un demonio… (pp. 11-12)

III. EL SUICIDIO DEL PENSAMIENTO

Reconciliación de todas las criaturas bajo el reino de la justicia prometido por Isaias (11: 5-9)
Reconciliación de todas las criaturas bajo el reino de la justicia prometido por Isaias (11: 5-9)

…Con frecuencia se dice que los sensatos no hallan respuesta para el enigma de la religión. Pero la dificultad con nuestros sensatos no es que no puedan ver la respuesta, sino que no pueden ver ni siquiera el enigma. Son como niños suficientemente estúpidos como para no notar nada paradójico en la manifestación de que una puerta no es una puerta. Los tolerantes modernos, por ejemplo, hablan sobre la autoridad religiosa, no solamente como si no hubiera razón alguna de su existencia, sino como si nunca hubiera habido una razón para que exista.

A más de no ver su base filosófica, no pueden siquiera ver su causa histórica. La autoridad religiosa ha sido con frecuencia opresiva e irrazonable, tal como cada sistema legislativo (y especialmente el nuestro actual) ha sido duro y culpable de una penosa apatía. Es razonable atacar a la policía; también es glorioso. Pero los modernos críticos de la autoridad religiosa son como hombres que atacaran a la policía sin nunca haber oído hablar de asaltantes. Porque existe un grande y posible peligro para la mente humana; un peligro tan real como el de un asalto. Contra él, bien o mal, la autoridad religiosa se irguió como una barrera. Y contra él, algo por cierto debe erguirse como barrera si es que nuestra raza debe salvarse de la ruina.

Ese peligro consiste en que el intelecto humano es libre de autodestruirse. Tal como una generación podría impedir la existencia de la generación siguiente, recluyéndose toda en monasterios o arrojándose al mar; así un núcleo de pensadores puede impedir, hasta cierto punto, los pensamientos subsiguientes, enseñando a la nueva generación que no existe validez en ningún pensamiento humano. Sería cargoso hablar siempre de la alternativa entre la razón o la fe. La razón en sí misma es un objeto de la fe. Es un acto de fe afirmar que nuestro pensamiento no tiene relación alguna con la realidad.

Si usted es puramente un escéptico, tarde o temprano se hará esta pregunta: “¿Por qué todo puede andar bien, aun la observación y la deducción? ¿Por qué la buena lógica es tan engañosa como la mala lógica? ¿Ambas son actividades en el cerebro de un mono sorprendido?”

Hay un pensamiento que detiene el pensamiento. Y ese es el único pensamiento que debería ser detenido. Ese es el mal concluyente contra el cual se dirigió toda la autoridad religiosa. Recién aparece al final de edades decadentes como la nuestra; y el señor H. G. Wells ya izó su estridente bandera; ha escrito una delicada pieza de escepticismo llamada Las dudas del instrumento. Allí interroga al cerebro e intenta excluir la realidad, hasta de sus propias afirmaciones, pasadas, presentes y por venir. Contra esta ruina lejana se organizó y se jerarquizó originariamente todo el sistema militar de la religión. Las creencias y las cruzadas, las jerarquías y las persecuciones, no fueron organizadas según la ignorancia –dice– para suprimir la razón. El hombre, por un instinto ciego, sabía que si las cosas fueron discutidas ensañadamente, la razón pudo ser discutida primero. La autoridad para absolver que tienen los sacerdotes; la autoridad de los papas para determinar autoridades; aun la autoridad para aterrar de los inquisidores, eran solamente sombrías defensas erigidas en torno de una autoridad central más indemostrable, más sobrenatural que todas: la autoridad para pensar que tiene el hombre. Sabemos ahora que las cosas son así; no tenemos excusa para ignorarlo. Porque a través de la vieja rueda de autoridades, podemos oír al escepticismo crujiente, y al mismo tiempo ver a la razón íntegra y fuerte sobre su trono.

En tanto que la religión marche, la razón marcha. Porque ambas son de la misma primitiva y autoritaria especie. Ambas son métodos que prueban y no pueden ser probados. Y en la acción de destruir la idea de la autoridad divina, hemos destruido sobradamente la idea de esa autoridad humana, por la cual podemos abreviar una división muy larga. Con un rudo y sostenido tiroteo, hemos querido quitar la mitra al hombre pontificio, y junto con la mitra le arrebatamos la cabeza… (pp. 18-19)

IV. LA ÉTICA EN EL PAÍS DE LOS ELFOS

Cantar de los Cantares
Cantar de los Cantares

…El hombre de ciencia dice: “corte el cabo y la manzana caerá”; pero lo dice tranquilamente, como si una idea condujera en realidad hacia la otra. La bruja en el cuento de hadas dice: “sopla el cuerno y caerá el castillo del ogro”; pero no lo dice como si hubiera algo por lo cual evidentemente el efecto proviniera de la causa. Sin duda, dio ese mismo consejo a muchos castillos, pero no pierde su aire expectante ni su razón. No hurga en su cabeza hasta imaginar una conexión mental necesaria entre el cuerno y el castillo tambaleante. Pero los científicos hurgan en sus cabezas hasta imaginar una conexión mental entre la manzana abandonando el árbol y la manzana llegando al suelo. Hablan como si realmente hubieran descubierto no sólo una cantidad de hechos maravillosos, sino una verdad que conecta entre sí esos hechos. Hablan como si la conexión física de dos cosas extrañas las conectara también filosóficamente. Sienten que por el hecho de que una cosa incomprensible constantemente siga a otra cosa incomprensible, de algún modo las dos forman algo comprensible. Dos jeroglíficos negros formando una respuesta blanca.

En el país de las hadas evitamos usar la palabra “ley”; pero en el país de la ciencia le son particularmente afectos. De ahí que llamen “Ley de Grimm” a alguna conjetura interesante sobre cómo los pueblos olvidados pronunciaban el alfabeto. Pero la ley de Grimm es mucho menos interesante que los cuentos de hadas de Grimm. Los cuentos, por lo menos, son verdaderamente cuentos, mientras que la ley, no es una ley.

Una ley implica que conozcamos la naturaleza de su generalización y de su establecimiento, no que tengamos sólo una vaga idea de sus efectos. Si existe una ley según la cual los rateros deben ir a la cárcel, implica que hay una conexión mental imaginable entre la idea de prisión y la idea de ratería y sabemos cuál es la idea. Podemos explicar por qué privamos de libertad a un hombre que se toma libertades. Pero no podemos decir por qué un huevo pudo convertirse en pollo, del mismo modo que no podemos decir por qué un oso pudo convertirse en príncipe. Como ideas, la de huevo y la de pollo, son más remotas entre sí que la de oso y la de príncipe, porque en sí, no hay huevos con aspecto de pollo, mientras que hay príncipes con aspecto de oso.

Concedido que existen ciertas transformaciones, es esencial que las consideremos desde el punto de vista filosófico de los cuentos de hadas y no a la antifilosófica manera de la ciencia y de las “Leyes de la Naturaleza”. Cuando nos pregunten por qué los huevos se convierten en aves y por qué los frutos caen en otoño, debemos contestar exactamente como la contestaría el hada madrina a Cenicienta, si ésta le preguntara por qué los ratones se convertían en caballos y sus vestidos desaparecían al dar media noche.

Debemos contestar que es magia. No es una ley, porque no entendemos su fórmula general. No es una necesidad, porque a pesar de dar prácticamente por descontado que esas cosas sucedan, no tenemos derecho a decir que siempre han de suceder. El hecho de que contemos con el curso ordinario de los acontecimientos, no es (según imaginó Huxley) argumento suficiente para fundar la inmutabilidad de una ley. Y no contamos con el curso ordinario de las cosas, sino que apostamos sobre él. Nos arriesgamos a la remota posibilidad de un milagro, como lo haríamos con un pastel envenenado o con un cometa destructor del mundo. Lo damos por descontado, no porque es un milagro y por consecuencia una excepción. Todos los términos empleados en los libros de ciencia, “ley”, “necesidad”, “orden”, “tendencia” y otros en ese estilo, son en realidad inintelectuales porque implican una síntesis intrínseca que no poseemos. Las únicas palabras que siempre me satisficieron para describir la Naturaleza son las empleadas en los libros de cuentos de hadas, tales como “encanto”, “hechizo”, “encantamiento”. Expresan la arbitrariedad del hecho y de su misterio. Un árbol da frutas porque es un árbol mágico. El agua cae de la montaña porque está embrujada. El sol brilla porque está encantado… (pp. 29-30)

VI. LAS PARADOJAS DEL CRISTIANISMO

Exodo
Éxodo

…Desde los de Huxley hasta los de Bradlaugh, todos los comentarios no cristianos y anticristianos que leía y releía fueron desarrollando en mi inteligencia, gradual pero gráficamente, la lenta y aterradora idea de que el cristianismo debía ser algo muy extraordinario. Porque (según lo entendí) el cristianismo no sólo poseía los más inflamados defectos, sino que, aparentemente, tenía un místico talento para combinar entre sí defectos que parecían incombinables. Se le atacaba de todas partes y por razones todas contradictorias. Tan pronto un racionalista demostraba que estaba demasiado al este, como otro demostraba con idéntica claridad, que estaba demasiada al oeste. Ni bien se calmaba mi indignación ante su angulosa y agresiva cuadratura, se despertaba nuevamente para observar y condenar su redondez sensual y enervante. Para el caso de que algún lector no hubiera sentido lo que estoy diciendo, daré algunos ejemplos que recuerde al azar, que demuestran esta auto-contradicción en un mismo ataque. Doy cuatro o cinco de ellos. Hay cincuenta más.

Por ejemplo, me impresionó bien el elocuente ataque al cristianismo, como cosa inhumana y triste; me impresionó bien porque creía (y aún creo) que el sincero pesimismo es el pecado sin perdón. El pesimismo insincero es un cumplimiento social, más agradable que otra cosa. Afortunadamente, casi todos los pesimismos son insinceros. Pero yo estaba dispuesto a volar la Iglesia Catedral San Pablo si el cristianismo era pesimista como decía esa gente. Lo extraordinario es esto: en el Capítulo I, me probaban (a mi completa satisfacción) que el cristianismo era demasiado pesimista; y luego en el Capítulo II, comenzaban a probarme que era demasiado optimista. Una acusación era que el cristianismo, con mórbidas lágrimas y terrores, impedía al hombre buscar placer y gozo, en el seno de la Naturaleza. Pero otra acusación era que confortaba a los hombres con una providencia ficticia y los albergaba en una “nursery” blanca y rosada. Un gran agnóstico preguntó por qué la Naturaleza no era bastante bella y por qué era tan duro ser libre. Otro gran agnóstico objetó que el optimismo cristiano, “vestidura engañosa tejida por piadosas manos”, nos ocultaba que la Naturaleza era fea y que era imposible ser libre. No bien un racionalista terminaba de llamar “pesadilla” al cristianismo, otro comenzaba a llamarle paraíso de locos. Esto me intrigó; las acusaciones parecían inconsistentes. El cristianismo no podía ser al mismo tiempo la máscara negra de un mundo blanco y también la máscara blanca de un mundo negro. La situación del cristiano no podía ser simultáneamente tan confortable que fuera cobardía aferrarse a ella y tan incómoda que fuera idiotez soportarla.

Si se falseaba la visión humana, se la falseaba en un sentido o en otro; no es posible usar anteojos rosados y verdes, al mismo tiempo. Con tremendo gozo, como todos los jóvenes de ese tiempo, preparé mi lengua para pronunciar las injurias que gritó Swinburne a las tristezas del credo. “Habéis vencido, pálido Galileo; el mundo se tornó gris, con vuestro aliento”. Pero cuando leí los comentarios del mismo poeta sobre el paganismo (como ser en “Atlanta”) deduje que antes que el Galileo respirara sobre él, el mundo era si es posible más gris, que después que hubo respirado. El poeta sostenía (por cierto en lo abstracto) que la vida era una oscuridad absoluta. Y no obstante, en cierta forma, el cristianismo había logrado oscurecerla. Era un pesimista el mismo hombre que acusaba de pesimista al cristianismo. Pensé que algo estaba mal. Y por un loco instante cruzó mi mente la idea de que tal vez no fueran los mejores jueces de la relación de la religión con la alegría aquellos que, según sus propios comentarios, no poseían ni alegría ni religión.

Hay que entender que no llegué precipitadamente a la conclusión de que las acusaciones eran falsas o los acusadores tontos. Deduje simplemente que el cristianismo debía ser más magnífico y más perverso de lo que creían. Una cosa podía tener estos dos defectos opuestos, pero si los tenía, debía ser algo muy curioso. Un hombre puede ser muy gordo en una parte del cuerpo y muy delgado en otra; pero la suya será una figura extraña. A esta altura mis pensamientos eran todos para la extraña figura del cristianismo; no atribuí ninguna extrañeza a la figura de la mente racionalista.

Y aquí hay otro ejemplo de la misma especie. Sentí que un sólido caso contra el cristianismo provenía de ese algo tímido, monjil, sin hombría que hay en torno de todo lo llamado cristiano; especialmente en su actitud frente a la resistencia y a la lucha. Los grandes escépticos del siglo XIX eran ampliamente viriles. Bradlaugh con su modo expansivo y Huxley con el suyo reticente, eran decididamente hombres. Por comparación, parecía evidente la existencia de algo de debilidad y de excesiva paciencia en los consejos cristianos. La paradoja del Evangelio sobre “la otra mejilla”, el hecho de que los sacerdotes nunca pelearán y cien cosas más hacían plausible la acusación de que el cristianismo era un intento de hacer al hombre demasiado parecido a las ovejas. Lo leí y lo creí, y de no haber leído algo diferente, seguiría creyéndolo. Pero leí algo muy distinto. Volví la página en mi manual de agnóstico y mis sesos dieron una vuelta. Ahora encontraba que si debía odiar al cristianismo no había de ser porque luchaba poco sino porque luchaba demasiado. El cristianismo ahora parecía ser el padre de todas las guerras. Había hecho caer sobre el mundo un diluvio de sangre.

Me había enojado contra él porque no se enojaba nunca. Ahora se me decía que me enojara contra él porque su ira había sido lo más tremendo y horrible de la historia humana; porque su ira había impregnado la tierra y se había levantado hasta el sol. Los mismos que reprochaban al cristianismo la mansedumbre y la pasividad de los monasterios, eran los que ahora le reprochaban la violencia y el valor de las Cruzadas. Si Eduardo el Confesor no peleó y si Ricardo Corazón de León peleó, todo era culpa del pobre viejo Cristianismo.

Los Cuáqueros eran (se nos dice) los únicos cristianos característicos y no obstante las masacres de Cromwell y de Alva eran crímenes característicamente cristianos. ¿Qué quería decir todo aquello? ¿Qué era este cristianismo que prohibía la guerra y siempre provocaba guerras? ¿Cuál sería la naturaleza de aquello que uno injuriaba primero porque no quería luchar y luego porque estaba constantemente luchando? ¿En qué mundo de enigmas había nacido ese asesino monstruoso y esa monstruosa mansedumbre? La figura del cristianismo era más extraña a cada instante.

Y tomo un tercer caso. El más raro de todos porque contiene la única verdadera objeción a la fe. La única verdadera objeción que se puede poner a la religión cristiana es decir simplemente que es una religión. El mundo es un lugar grande lleno de gentes muy distintas. El cristianismo (razonablemente podría decirse) es algo limitado a ciertos sectores de gente; comenzó en Palestina y prácticamente se ha detenido en Europa. Cuando era joven me impresionó este argumento y me atrajo la doctrina que con frecuencia se predica en las sociedades moralistas, que existe una gran iglesia inconsciente común a toda la humanidad y fundada en la omnipresencia de la conciencia humana. Se decía que la creencia divide los hombres; pero que al menos la moral los unía. El alma podía recorrer los más extraños y remotos países y edades encontrando siempre un sentir común esencialmente ético. Bajo los árboles orientales podría encontrar a Confucio escribiendo “No robarás”. Podría descifrar los más oscuros jeroglíficos de los desiertos primitivos, y descifrados dirían: “Los niños deben decir la verdad”. Creí esta doctrina de la confraternidad de todos los hombres en la posesión de un instinto moral, y la creo. aún –junto a otras cosas. Estaba disgustado con el cristianismo porque sugería (según supuse) que todas las edades y todos los imperios de los hombres habían huido de esta luz de la justicia y de la razón. Pero luego encontré algo asombroso.

Encontré que los que decían que desde Platón hasta Emerson la especie humana era una sola iglesia eran los mismos que decían que la moralidad había cambiado por completo, y que lo que fue bien en una época, fue mal en otra. Si yo pedía, digamos, un altar, me decían que no lo necesitaba, porque los hombres nuestros hermanos, en sus costumbres y en sus ideales, nos habían legado claros oráculos y una creencia. Mas si tímidamente insinuaba que una de las costumbres universales de los hombres fue tener un altar, daban la vuelta y me respondían que los hombres siempre habían vivido en la oscuridad y en las supersticiones de los salvajes. Hallé que su injuria cotidiana al cristianismo era culparlo de ser luz para unos y de haber dejado a otros morir en la oscuridad. Pero también hallé que ellos mismos se jactaban de que la ciencia y el progreso eran descubrimientos de unos pocos y que todos los demás morían en las tinieblas.

Su principal insulto al cristianismo era actualmente la principal ponderación que hacían de si mismos, y parecía haber una extraña injusticia en esa insistencia relativa para volver sobre las dos cosas. Considerando a un pagano o a un agnóstico, debíamos recordar que todos los hombres tenían una religión; considerando a un místico o a un espiritualista, solamente debíamos observar qué absurdas religiones tenían algunos hombres. Podíamos fiarnos de la ética de Epicuro, porque la ética nunca cambiaba; no debíamos fiarnos de la ética de Bossuet porque la ética había cambiado mucho. Cambiaba en doscientos años, pero no en dos mil.

Esto empezaba a ser alarmante. Parecía no tanto que el cristianismo fuera suficientemente malo para contener cualquier defecto, sino más bien que cualquier bastón era suficientemente bueno para apalear con él al cristianismo… (pp. 49-51)

VIII. EL ROMANTICISMO DE LA ORTODOXIA

Job
Job

…Hasta cuando pensé, como mucha gente bien informada aunque sin escuela especial, que el budismo y el cristianismo eran parecidos, siempre hubo en ellos algo que me desconcertaba; me refiero a las sorprendentes diferencias de sus artes religiosas. No quiero decir en el estilo técnico de sus representaciones sino en lo que manifiestamente intentaban representar. No podían existir dos idealizaciones más opuestas que un santo cristiano de una catedral gótica y un santo budista de un templo chino. La oposición se evidencia en cada punto; pero tal vez la prueba más corta sea que el santo budista siempre tiene los ojos cerrados mientras que el santo cristiano siempre los tiene bien abiertos. El cuerpo del santo budista es fino y armonioso, pero la pesadez de sus ojos la sella el sueño. El cuerpo del santo medieval se ha consumido hasta los huesos, pero sus ojos son terriblemente vivos. No puede existir ninguna real afinidad de espíritu entre fuerzas que producen símbolos tan distintos.

Concediendo que ambas imágenes sean extravagancias, corrupciones del credo puro, aún debe existir una divergencia real que provoque extravagancias tan opuestas. El budista, con peculiar intensidad, mira hacia dentro. El cristiano tiene la mirada fija hacia afuera con una intensidad peculiar. Si seguimos firmemente esta pista encontraremos algunas cosas interesantes.

La señora Bésant hace poco tiempo anunció en un interesante ensayo que en el mundo sólo existía una religión, que todos los credos son versiones o desfiguraciones de ella y que se hallaba dispuesta a decir cuál era esa religión. Según la señora Bésant, esa iglesia universal simplemente es el ” yo” universal. Es la doctrina según la cual todos somos realmente una sola persona; que no hay un muro individual entre hombre y hombre. Si puedo expresarlo así, la señora Bésant no nos dice que amemos a nuestros vecinos; nos dice que seamos nuestros vecinos. Esta es la meditada y sugestiva descripción que la señora Bésant nos hace de la religión según la cual todos los hombres deben hallarse en armonía. Y nunca en mi vida había oído una sugerencia con la que me hallara en más violento desacuerdo. Quiero amar a mi vecino no porque él sea yo sino precisamente porque él no es yo. Quiero amar al mundo no como se ama a un espejo porque es uno mismo sino como se ama a una mujer porque es enteramente diferente. El amor es posible si las almas están separadas. Si las almas están unidas el amor es evidentemente imposible. En vago puede decirse que un hombre se ama, pero difícilmente pueda enamorarse de sí mismo, y si se enamora, sus festejos serán monótonos. Si el mundo está lleno de ” yo” , realmente podrían ser “yo” desinteresados. Pero basándose en el principio de la señora Bésant, todo el cosmos es solamente una enorme persona egoísta.

Es justamente aquí donde el budismo está con el panteísmo moderno y con el inmanentismo. Y es justamente aquí donde el cristianismo está con la humanidad, con la libertad y con el amor. El amor desea personalidad; por consiguiente el amor desea la división. El instinto del cristianismo es alegrarse de que Dios haya quebrado el universo en pequeños trozos, porque son trozos vivientes. Su instinto es decir “que los niños se amen”, más que decir a una persona grande que se ame a sí misma. Este es el abismo existente entre el budismo y el cristianismo: para el budista o el teósofo, la personalidad es la caída del hombre y para el cristiano es el designio de Dios, todo el centro de su idea cósmica.

El alma-mundo de los teósofos pide que el hombre le ame para que pueda arrojarse en ella. Pero el divino centro del cristianismo actualmente arrojó de sí al hombre para que el hombre pudiera amarle. La deidad oriental es como un gigante que hubiera perdido una pierna o una mano y siempre estuviera buscándola; pero el poder cristiano es como un gigante que en un extraño gesto de generosidad se hubiera cortado la mano derecha para que por su propio acuerdo pudiera estrechar manos con él. Volvemos a la incansable observación respecto a la naturaleza del cristianismo; todas las filosofías modernas son cadenas que conectan y atan; el cristianismo es una espada que separa y libera. Ninguna otra filosofía se refiere al regocijo de Dios por la división del universo en almas vivientes. Pero según la ortodoxia cristiana esa separación entre Dios y el hombre es sagrada porque es eterna. Para que el hombre pueda amar a Dios es necesario que haya no solamente un Dios a quien amar sino también un hombre para que le ame. Todas aquellas vagas mentes teósofas, para quienes el universo es una inmensa vasija de fundir, son precisamente las mentes que se cohíben por ese estruendoso dicho de nuestro Evangelio que declaran que el Hijo de Dios no vino en son de paz sino esgrimiendo una cortante espada. El dicho parece enteramente cierto hasta cuando se lo considera por lo que evidentemente dice; cualquier hombre que predica el verdadero amor está destinado a engendrar odios. Eso es verdad, tanto de la fraternidad demócrata como del amor divino; el amor fingido concluye como un cumplido o en vulgar filosofía; pero el verdadero amor siempre concluyó en derramamientos de sangre. No obstante, detrás del significado obvio de esa declaración hay una verdad aún más terrible respecto a nuestro Señor. Según Él, el Hijo era una espada separando al hermano del hermano, que por una eternidad debían de odiarse mutuamente. Pero el Padre también era una espada que en los comienzos oscuros separó al hermano del hermano para que al fin se amaran uno a otro. Este es el significado de la casi insana alegría en los ojos del santo del cuadro medieval. Este es el significado de los ojos cerrados de la altiva imagen Budista. El santo cristiano se alegra porque fue dividido del mundo; está separado de las cosas y las observa con asombro. Pero ¿por qué se asombraría de las cosas el santo budista puesto que existe solamente una cosa y esa, por ser impersonal, difícilmente puede despertar su asombro? Han escrito muchos poemas panteístas con intentos de sugerir asombro, pero ninguno fue realmente logrado. El panteísta no se puede asombrar porque no puede alabar a Dios ni a las cosas como en verdad distintas de sí mismo. Pero nuestro asunto inmediato aquí se refiere al efecto de esa admiración cristiana (que se exterioriza hacia una deidad distinta del admirador) sobre la necesidad general de una actividad ética y de una reforma social. Y de seguro sus efectos son suficientemente obvios. No hay posibilidad alguna de extraer del panteísmo ningún impulso especial de acción moral. Porque la naturaleza del panteísmo implica que una cosa es tan buena como otra. En cambio la naturaleza de la acción implica la existencia de una cosa decididamente preferible a otra… (pp. 74-75)

IX. LA AUTORIDAD Y EL AVENTURERO

La danza de Miriam
La danza de Miriam

…No tengo ningún parentesco instintivo con aquél entusiasmo por la virginidad física que ciertamente ha sido una nota del cristianismo histórico. Pero cuando miro, no a mí mismo sino al mundo, percibo que ese entusiasmo no es solamente una nota del cristianismo sino también una nota del paganismo, una nota de la parte elevada de la naturaleza humana en muchas esferas. Los griegos sintieron la virginidad cuando esculpieron a Artemisa, los romanos cuando vistieron a las vestales; los peores y más desorbitados dramaturgos isabelinos se aferraron a la pureza literal de una mujer como al pilar central del mundo. Sobre todo el mundo moderno (aún mientras se burla de la inocencia sexual) se ha arrojado a una generosa idolatría de la inocencia sexual, el gran entusiasmo moderno por los niños. Porque cualquier hombre que quiera a los niños estará de acuerdo en que una insinuación de sexo físico lastima su peculiar belleza. Con toda esta experiencia humana unida a la autoridad cristiana, simplemente decido que yo estoy equivocado y que la iglesia tiene razón; o más bien, que yo soy imperfecto en tanto que la iglesia es universal. Hay muchas maneras de concebir una iglesia; ella no me pide que sea soltero. Pero el hecho de que yo no tenga aprecio por los solteros, lo acepto como acepto el hecho de que no tengo oído para la música. Lo mejor de la experiencia humana está contra mí del mismo modo en que está contra mí en lo referente a Bach. El celibato es una flor del jardín de mi padre de cuyo dulce o terrible nombre aún no me he enterado. Pero me lo pueden decir cualquier día.

Por consiguiente, en conclusión, ésta es mi razón para aceptar la religión y para no conformarme con extraer de ella unas cuantas dispersas verdades seculares. La acepto porque no meramente me ha dicho esta verdad o aquella sino porque se ha revelado veraz y fidedigna. Todas las demás filosofías dicen cosas que llanamente parecen verdad; sólo esta filosofía ha dicho una y otra vez cosas que no parecen verdad pero son verdad; único entre los credos, es convincente donde no es atrayente; resultó que tenía razón, como mi padre la tuvo en aquel jardín. Los teósofos, por ejemplo, predicarán una idea evidentemente atrayente, como la reencarnación; pero si esperamos a ver sus resultados lógicos, será el altanerismo espiritual y la crueldad de casta. Porque si un hombre es pordiosero a causa de sus culpas prenatales, la gente se inclinará a despreciar al mendigo. Pero el cristianismo predica una idea evidentemente poco atrayente como el pecado original; pero cuando esperamos a ver sus resultados, son patéticos y fraternales, un trueno de risa y de piedad; porque solamente por el pecado original podemos compadecer al mendigo y desconfiar del rey. Los hombres de ciencia nos ofrecen salud, un beneficio obvio; recién después descubrimos que por salud entendían esclavitud corporal y tedio del espíritu. La ortodoxia nos hace saltar con los sorpresivos bordes del infierno; sólo después realizamos que brincar es un saludable ejercicio altamente benéfico para nuestra salud. Solamente después descubrimos que aquel peligro es la raíz de todo drama y de todo romanticismo. El argumento más vigoroso en pro de la gracia divina es, simplemente, su desgarbo. Cuando se examinan los puntos impopulares del cristianismo, resulta que son los propios puntales del pueblo. El círculo exterior es una rígida guardia de abnegaciones éticas y de sacerdotes profesionales; pero dentro de esa guardia inhumana se encontrará la vieja vida humana, bailando como los niños, bebiendo vino como los hombres; porque el cristianismo es el único cerco de la libertad pagana. Mas en la filosofía moderna el caso es inversa; el cerco exterior es evidentemente atrayente y emancipado; la desesperación está adentro.

Y su desesperación es ésta: no cree realmente que haya ningún significado en el universo; de ahí que no pueda esperar hallar en él ningún romanticismo; su novela no tiene trama. Un hombre no puede esperar aventuras en el país de la anarquía. Pero viajando por la tierra de la autoridad, el hombre puede esperar cualquier número de aventuras. No es posible hallar significaciones en un matorral de escepticismos; mas, cruzando un bosque de doctrinas y designios, encontrará cada vez más significaciones. Allí, cada cosa trae a la cola su historia escrita, como las herramientas y los cuadros de la casa de mi padre; porque también es la casa de mi padre. Termino donde empecé, por el extremo correcto. A lo menos he pasado ya la puerta de toda buena filosofía. He entrado en mi segunda infancia.

Pero este universo cristiano, más vasto y más intrépido, tiene un sello final difícil de expresar; no obstante, como conclusión de todo el tema, intentaré expresarlo. Todo el verdadero argumento de la religión se encierra en el problema de que si un hombre que ha nacido al revés, puede decir o no, cuando toma la posición correcta.

La principal paradoja del cristianismo es que dentro de él la posición de un hombre no es la que parece sana y sensata; en sí, la posición normal es anormal. Esta es la íntima filosofía de la Caída. En el interesante y reciente Catecismo de Sir Oliver Lodge, las dos primeras preguntas son éstas: “¿Qué es usted?” y “Entonces ¿qué significa Caída del Hombre?” Recuerdo que me divertí escribiendo mis propias respuestas a esas interrogaciones; pero pronto descubrí que mis respuestas eran muy deficientes y muy agnósticas. A la pregunta “¿Qué es usted?” sólo pude contestar: “¡Sabe Dios!” Y a la pregunta “¿Qué significa Caída del hombre?” pude contestar con absoluta sinceridad, “significa que sea yo lo que sea no soy yo mismo”. Esta es la paradoja primordial de nuestra religión; algo que nunca hemos conocido plenamente, algo que no sólo es mejor que nosotros sino hasta más natural a nosotros que nuestro propio “yo”. En realidad, esto no hay forma de probarlo excepto con la prueba meramente experimental con la cual comenzaron estas páginas; el experimento de la celda tapiada y de la puerta abierta.

Solamente desde que conocí la ortodoxia conocí la emancipación mental. Pero en conclusión, la ortodoxia tiene una aplicación especial a la ulterior idea de la alegría.

Se dice que el paganismo es una religión de júbilo y el cristianismo una de tristeza; sería muy fácil probar que el cristianismo es pura alegría y el paganismo pura congoja. Tales conflictos no significan nada y no conducen a ninguna parte. Todo lo humano debe tener en sí júbilo y tristeza; lo interesante es la manera en que ambas cosas se equilibran o se dividen. Y lo realmente interesante es ésto, que el pagano era (principalmente) alegre y más alegre a medida que se acercaba a la tierra pero triste y más triste a medida que se acercaba al cielo. La alegría del mejor paganismo, como la jovialidad de Cátulo y Teócrito, es ciertamente una alegría eterna, inolvidable para una humanidad agradecida. Pero todo es una alegría en torno a los hechos de la vida, no en torno a su origen. Para el pagano las pequeñas cosas son tan dulces como el arroyito que cae por la montaña; pero las cosas grandes son amargas como el mar. Cuando el pagano mira al corazón mismo del cosmos se queda helado. Detrás de los dioses que son simplemente déspotas, se sientan los hados, que son mortales. Aún más; los hados son peor que mortales; son muertos. Y los racionalistas, desde su punto de vista, tienen razón cuando dicen que el mundo antiguo era más luminoso que el cristiano. Porque cuando ellos dicen luminoso, quieren decir oscurecido por una desesperación incurable. Es profundamente cierto que el mundo antiguo era más moderno que el cristiano. El vínculo común está en el hecho de que los antiguos como los modernos han sido infelices respecto a la existencia, respecto a todas las cosas, en tanto que los medievales eran felices por lo menos respecto a eso. Libremente concedo que los paganos como los modernos eran infelices solamente respecto a todo, eran muy gallardos respecto a lo demás. Reconozco que los cristianos de la Edad Media estaban en paz, solamente con todo, con todo lo demás estaban en guerra. Pero si el asunto pasa al quicio primordial del cosmos, entonces sí había más contento cósmico en las ensangrentadas calles de Florencia que en el teatro de Atenas o en los jardines abiertos de Epicuro. Giotto vivió en un pueblo más melancólico que el de Eurípides, pero en un universo más alegre que el suyo.

La masa de hombres se vio forzada a alegrarse por las cosas pequeñas y a entristecerse por las grandes. Sin embargo (ofrezco mi dogma con cierta desconfianza), esa actitud no es innata en el hombre. El hombre es más sí mismo, el hombre es más varonil, cuando lo fundamental en él es la alegría y lo superficial la tristeza. La melancolía debería ser un interludio inocente, una tierna y fugaz disposición de la mente; el júbilo debería ser la pulsación permanente del alma. El pesimismo, a lo más, es una semivacación emocional; la alegría es la rugiente labor por la cual viven todas las cosas. No obstante, según la actitud aparente del hombre visto por el pagano o por el agnóstico, esta necesidad primaria de la naturaleza humana nunca puede ser satisfecha. El júbilo debería ser expansivo; mas, para el agnóstico, el júbilo debe retraerse, debe recluirse pegado a algún rincón del mundo. La aflicción debería ser retraída; mas, para el agnóstico, su desolación se extiende a través de una eternidad inconcebible. Esto es lo que llamo haber nacido al revés. El escéptico puede decir sinceramente que es charlatanería; porque sus pies bailan para arriba en un éxtasis ocioso en tanto que su cabeza queda en el abismo. Para el hombre moderno, los cielos están actualmente debajo de la tierra. La explicación es sencilla; está parado sobre su cabeza; la cual es un pedestal demasiado débil para pararse encima. Pero el hombre moderno sabe cuándo vuelve a encontrar sus pies. El cristianismo repentinamente satisface y perfecciona el instinto ancestral del hombre de estar en la posición correcta; en ésto lo satisface soberanamente; por su credo la alegría se convierte en algo gigantesco y la tristeza en algo accidental y pequeño. La bóveda que nos cubre no es sorda porque el universo sea idiota; el silencio no es el descorazonado silencio de un universo sin fin y sin objeto. El silencio que nos rodea más bien es una pequeña y compasiva quietud semejante a la quietud invariable del cuarto de un enfermo. Tal vez la tragedia nos sea permitida como sí fuera una especie de comedia misericordiosa: porque la frenética energía de las cosas divinas nos derribaría como una farsa ebria. Podemos tomar nuestras lágrimas más ligeramente de lo que pudiéramos tomar la levedad tremenda de los ángeles. Tal vez así nos sentamos en el aposento estrellado del silencio, mientras la risa de los cielos sea demasiado clamorosa para que nosotros la escuchemos.

La alegría, que fue la pequeña publicidad del pagano, es el secreto gigantesco del cristianismo. Y al cerrar este volumen caótico, vuelvo a abrir el extraño librito del cual vino todo el cristianismo; y otra vez me ronda una especie de confirmación. La figura tremenda que respecto a ésto y a todo lo demás, llena las torres del Evangelio, por encima de todos los pensadores que se creyeron grandes. Su patetismo fue natural; casi fortuito. Los estoicos antiguos y modernos se enorgullecieron de ocultar sus lágrimas. Él nunca ocultó sus lágrimas; abiertamente las mostró en su rostro accesible a todas las miradas cotidianas tanto como a la remota mirada de su ciudad natal. No obstante, escondió algo. Los superhombres y los diplomáticos imperiales se enorgullecieron de refrenar su ira. Él nunca refrenó su ira. Derribó las mesas por la escalinata del templo y preguntó a los hombres cómo esperaban librarse de la condenación del infierno. No obstante, Él refrenó algo. Lo digo con reverencia; en esa personalidad violenta había un rasgo que debe ser timidez. Hubo en Él algo que escondió a todos los hombres cuando subió a orar en la montaña. Había algo que constantemente ocultó con un silencio repentino, o con un impetuoso aislamiento. Cuando caminó sobre nuestra tierra, había en Él algo demasiado grande para que Dios nos lo mostrara; y algunas veces imaginé que era su alegría (pp. 86-89)

Ortodoxia, México, Fondo de Cultura Económica, 1987. Pinturas de Marc Chagall

Charla sobre Ortodoxia

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