Ciudad posible. Rafael Tomás Caldera

Dios es espíritu. Progresar –lo que significa para toda naturaleza tender a su principio (Tomás de Aquino)– es, por consiguiente, pasar de lo sensible a lo racional  y de lo racional a lo espiritual, y de lo menos espiritual a lo más espiritual. Civilizar es espiritualizar.

Jacques Maritain. Arte y escolástica, IX

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Virgen Milagrosa, Plaza Francia, Caracas
1) Virgen Milagrosa, Plaza Francia, Caracas

En una pequeña plaza, apenas el ensanche de una calle, bien proporcionado, de una pequeña ciudad suiza, hay una fuente. La contemplo ahora en el recuerdo, como tantas veces –hace años– desde una ventana vecina, y pienso que esa fuente es un símbolo concreto de cultura, gráfica lección de lo que puede significar vivir en una ciudad. Por allí quisiera comenzar estas breves reflexiones, ceñidas a lo esencial, preparadas para corresponder a la gentileza que han tenido en invitarme los organizadores de este ciclo de charlas sobre el habitar urbano.

Edificada en una época en que las casas no tienen agua corriente, esta fuente es parte del acueducto de la ciudad y consiste ante todo en un estanque, donde se recoge el agua que mana de la boca del tubo de aducción. Bocas, más bien, porque, dispuesta con elegancia –es decir, con acertada elección–, la fuente tiene en medio una columna y, desde allí, en tres chorros, cae el agua. Pero si la columna nos dispensa el agua y con su línea vertical estiliza lo que sería un simple recipiente –tanque de agua o abrevadero de ganados–, ella resulta adecuado pedestal para la estatua que sostiene, en este caso, una imagen de la Virgen.

Por supuesto, no se trata de algo aislado. Hay en otros ambientes de la ciudad fuentes y columnas y estatuas, más sencillas o más elaboradas, aunque no siempre tan bien integradas como aquí. Sin embargo, no me refiero a eso, sino a lo que significa, que hemos de analizar. Era posible en aquel momento hacer una fuente así. El ambiente lo permitía, lo comprendía, lo apreciaba. Más aún, lo exigía. Y es, precisamente, esta consideración lo que nos hace ver que allí se materializa una forma cultural, un sentido de la vida.

Virgen María Auxiliadora, Plaza Francia, Caracas
2) Virgen María Auxiliadora, Plaza Francia, Caracas

No necesito decir (al menos no en Caracas hoy) que aquella fuente cumple, en primer lugar, una función de utilidad. Modesta, como todo lo que pertenece al soporte material de lo cotidiano –agua clara para beber, para lavarse, para lavar– y, por eso mismo, básica. Cumple una función económica, podríamos decir, y de servicio. Vista de esta manera, la fuente es como un nudo en una vasta red y representa la organización material de la ciudad, su infraestructura. Justamente, toda ciudad supone una articulación semejante para hacer posible la vida, no de cualquier modo –no como simple supervivencia– sino con el nivel y calidad que lleva al hombre al habitar urbano.

De esa calidad nos habla el segundo elemento: la columna, con la estilización del recipiente, de tal manera que aquella sencilla fuente sea no sólo útil, sino bella; que trascendiendo lo económico –digamos ahora–, alcance también lo estético y así, además de cumplir un servicio, sea un don, un regalo para los ojos, tenga gracia. Porque la ciudad existe para realizar lo humano, esto es, algo digno, no meramente instrumental.

Además (la palabra resulta aquí engañosa, como veremos), hay un tercer elemento: aquella imagen de la Virgen con el Niño en los brazos, que nos introduce en el ámbito religioso y –con ello– en la dimensión del misterio de la existencia. Que hace de nuestra fuente, en su discreta presencia cotidiana, asociada a lo más simple de las tareas domésticas, como una plegaria, esto es, un ofrecimiento, acto concreto de piedad en piedra, que actualiza un culto –esencia de toda cultura– y que, al coronar los otros dos niveles les da, al mismo tiempo, su más sólido fundamento.

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Virgen María, Santuario de Betania, Cúa, Miranda
3) Virgen María, Santuario de Betania, Cúa, Miranda

Importa ver, sin embargo, que –como ocurre en cada obra verdadera– tenemos aquí una síntesis, no una yuxtaposición de elementos. Lo útil ha sido asumido por lo bello y ambos –ya integrados– han sido elevados por lo santo. No cabe descomposición ni tampoco –ésta es la clave– una abolición de la jerarquía.

Sobre esto hemos de detenernos un momento, porque ¿dónde estamos nosotros hoy?

Entender la propia situación cultural, en la medida en la que ello resulte posible, requiere, junto con la experiencia –los datos del caso–, el canon o medida para el discernimiento. Así, en todo discurso acerca de lo humano –peri ta anthropina– se requiere poder discernir entre actitudes y situaciones a la luz de los valores.

La experiencia de humanidad que se transparenta en la armonía de esta fuente nos sirve entonces como punto de referencia. Porque, tomada en toda la amplitud de su significación la pregunta, se trata de ver cómo hemos relacionado lo económico, lo estético y lo religioso, y si acaso hemos podido integrarlo.

Dicho de otra manera, ¿cabría hacer una fuente así hoy en Caracas?

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Virgen María, Santuario de las almas consagradas, Carrizales, Miranda
4) Virgen María, Santuario de las almas consagradas, Carrizales, Miranda

Bajo expresiones diversas, hay acuerdo en que la ciudad existe para alcanzar (al menos) un cierto despliegue de la humanidad del hombre. Es lo que suele expresarse diciendo con llaneza que en la ciudad se consigue lo que no puede obtenerse en una aldea o en el campo. Al mismo tiempo –y esto se suele considerar menos–, no solamente existe para ello sino por ello: esto es, hay ciudad en sentido propio allí donde se ha alcanzado un cierto tipo de vida. Eso distingue a la ciudad de un mero asentamiento, por numerosa que pueda ser su población, como –por ejemplo– el que pueda darse en los campamentos mineros.

Es esencial, pues, a la ciudad un vivir de cierta forma, un poder alcanzar una cierta plenitud humana. Pequeña era la Caracas del XVIII y fue la ciudad del milagro musical o de la Generación de Independencia. Acaso un modo de caracterizar esa plenitud sea entonces la siguiente lista de términos, que recoge un autor contemporáneo: interioridad, profundidad, altura, densidad, amplitud. Y sus opuestos: exterioridad, superficialidad, trivialidad, dispersión, estrechez. Una ciudad sin intimidad alguna, ruidosa, atropellante, donde resulte gravoso vivir –sin hablar, que es parte de lo mismo, de malos servicios, delincuencia, inseguridad cotidiana–, ¿es todavía ciudad?

Plaza de Boconó vista desde la iglesia, Trujillo
5) Plaza de Boconó vista desde la iglesia, Trujillo

En París o en Sevilla, ciudades espumantes –si cabe decirlo–, para no hablar de tranquilas ciudades de provincia, en cualquier momento, al doblar una esquina, el paseante desemboca en una placita que trae a la memoria el verso de García Lorca: la noche se puso íntima / como una pequeña plaza. O encuentra un breve jardín con tapia, que le hace entender la recatada belleza del huerto cerrado de los Cantares. O percibe, en el sosiego de un parque, la música callada, / la soledad sonora del más alto Cántico escrito en lengua castellana. Piedras, arcadas, esquinas, rincones. Mas también perspectivas, avenidas, símbolos y monumentos, recuerdos de lo que ha sido y aún es, conservados quizá más por el valor de su significado y por su belleza que por la utilidad presente… ¿Dónde algo de esto en Caracas?

Pero, el cuerpo de la ciudad traduce su alma, su vida. Lo que nosotros experimentamos a nuestro alrededor no es otra cosa que la imagen magnificada y tangible de lo que llevamos dentro. Más bien, ahora, de lo que no llevamos dentro…

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Virgen Milagrosa, Sabas Nieves, El Ávila
6) Virgen Milagrosa, Sabas Nieves, El Ávila

Preguntaba antes si sería posible en Caracas hoy una fuente como aquella de tiempo atrás en la ciudad suiza, y la pregunta concierne –decía– en toda su amplitud al modo como hemos relacionado lo económico, lo estético (o estético-moral) y lo religioso.

Comencemos por esto último.

En una ciudad donde los edificios más majestuosos son bancos o sedes de grandes negocios; donde acaso la obra arquitectónica más destacada sea un teatro, no resulta difícil percibir una ausencia de lo divino –lo santo– en la vida cotidiana.

¿No dependerá de esto, a su vez, la pérdida del sentido de la verdad en la vida pública –con la impunidad que comporta– y el ocultamiento del valor del sacrificio en la existencia de cada quien?

Por cierto, ausente la actitud de ofrecimiento (que el sacrificio realiza) y el sentido de lo trascendente a lo cual toda vida humana se refiere desde su origen y por su término, ¿cómo escapar a la egolatría –narcisismo, avidez, egoísmo, vanidad– que esteriliza tantos talentos? (¿Cómo se salvará la belleza del edificio si no se ha tenido compasión con su contexto? Si no hay calle, ni perspectiva, ni armonía, ni sabia desarmonía siquiera… ¿Cómo se salvará el poema o la narración, si no es más que hermética reiteración de perturbaciones del yo?).

Al final, por lo demás, no escapamos –con dinero o sin él– a la sociedad de consumo, doblemente enfermiza en el mundo del subdesarrollo. Nos domina lo económico, es decir, las cosas. Y con ello, el modo de vida que –como se sabe desde antiguo– corresponde al predominio de lo material: la vida gobernada por el placer del cuerpo, incluso placer vicario, gracias a la poderosa irrealidad de la televisión (De la contemplación del Ávila –todavía asequible–, Rómulo Gallegos derivaba paz, serenidad, entusiasmo creador; de las pantallas de la televisión, contempladas a diario y por largas horas, ¿deriva otra cosa que ilusión, inquietud, necesidad de más distracción aún?).

De esta manera, sin embargo, no hay integración posible. El esfuerzo de unidad –tanto íntima como ciudadana– que implica la cultura deja paso a la descomposición, la desintegración.

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Virgen de la Paz, Trujillo
7) Virgen de la Paz, Trujillo

Pero, no quiero alargarme en lamentaciones por una ciudad perdida. Me interesa en verdad la ciudad posible y, para ello, (re)presentar su sentido radical, no en el plano ético-político de la conducción de los asuntos comunes (que habría que tratar), sino en el de la cultura que los sustenta. Porque lo que nos permite vivir en común y, sobre todo, hace posible el actuar en conjunto, es una comunidad de sentido; como dijera Platón, un vínculo divino de opinión acerca de lo bueno y de lo malo. La concordia, primero de los bienes ciudadanos, es armonía cordial.

Es decir, una ciudad presupone antes que nada una forma de vida y una en la cual se afirme lo humano del hombre. O, en otras palabras, se afirme el valor de la vida porque se vive para lo valioso.

Puede entonces alcanzarse, junto con la suficiencia de vida que nos coloca un poco por encima del condicionamiento exclusivo de trabajar para sobrevivir, la civilitas, un despliegue de la humanitas, modo de vida que vale la pena vivir y, por ello, confirma en cada uno el sentido de pertenencia, no sólo a la ciudad, sino a la realidad entera. Al contrario, y por contraste, sabemos demasiado bien que, oculto el valor de la vida, se produce un sentimiento de alienación, esto es, de extrañamiento de aquello a lo cual sin embargo se pertenece, sentimiento que se resuelve en un cada quien por su cuenta –sálvese el que pueda– y significa el fracaso de la comunidad.

Capilla del Páramo El Tisure, construída por Juan Félix Sánchez, Mérida
8) Capilla del Páramo El Tisure, construída por Juan Félix Sánchez, Mérida

En definitiva, lo que se hace patente en aquella fuente –sí– del recuerdo es la arquitectura misma de la vida en la ciudad, un ordo amoris: lo económico (lo útil) como soporte de lo estético-moral (lo bello) y ambos, integrados, unidos a lo trascendente (lo santo).

¿No habrá llegado el tiempo de redescubrir la entera dimensión de la existencia del hombre?

Dice Saint-Exupéry en su Citadelle (XIX): Hice pues venir a los arquitectos y les dije: de vosotros depende la ciudad futura, no en su significación espiritual, sino en el rostro que mostrará y que será su expresión. Y yo pienso con vosotros que se trata de instalar felizmente a los hombres, a fin de que dispongan de las comodidades de la ciudad y no pierdan sus esfuerzos en vanas complicaciones y en gastos estériles. Pero he aprendido a distinguir siempre lo importante de lo urgente. Porque, cierto, es urgente que el hombre coma, puesto que si no se alimenta no hay hombre y ya no se plantea problema alguno. Pero el amor y el sentido de la vida y el gusto de Dios son más importantes.

Texto: Rafael Tomás Caldera, El oficio del sabioCaracas, Ediciones Centauro, 1996. Fotos: 1) frankcisco, 2) Nelsachi, 3) Juan Miguel Ávalos, 4) web del santuario, 5) Alberto Cárdenas Almeida, 6) Brisa del Mar, 7) Rjcastillo, 8) Pintoandres91.

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