Helena. León Febres-Cordero

Nada podría curarlo, salvo lo que lo había herido.
Escolio A, Ilíada (Cyprias, 27)

Mi nombre podrá estar en todas partes, pero mi cuerpo no.
Eurípides. Helena

Rapto de Helena por Teseo

Al abrir los ojos por la mañana, al toparnos con nuestro desencajado rostro en el espejo, al bajar apresurados las primeras escaleras o al tener nuevamente que subirlas agotados, al poner el pie sobre la familiar acera, al sentir el suave roce del viento que lentamente sobre el despejado cielo las nubes acariciando empuja, al quedarnos suspendidos por un breve instante el ligerísimo vaivén de una serena palmera percibiendo, al sentir cómo la vida pulsa en el pecho la sangre que el cuerpo todo enciende y arrebata a lo largo del largo día —ese engañoso camino del tiempo— llevándolo… sin saberlo, sin quererlo entender, sin poder evitarlo, participamos de un rapto. Un rapto del que somos víctima porque somos autores, como autor es el terco mar insondable de la pertinaz lluvia que a su fuente, precipitada, como lágrima al ojo regresa. Rapto que nos roba una luz de la que pálido reflejo somos, como a la luna el sol cada noche la luz hermana que le presta roba.

Mañana, rostro, escalera, acera, viento, nube, cielo, palmera, sangre, cuerpo, día, tiempo… raptores son de rapto hechos, de hambre hambrientos, de sed sedientos, en pos por siempre nunca huyendo, hacia el foso despeñados cayendo mientras de las fauces del abismo en abrupto movimiento hacia el aire de nuevo resurgiendo, de ávida muerte ávidamente naciendo, en noche oscura y repentina perenne y luminosa joya el día envolviendo, feo desorden sin concierto en armoniosa y simétrica belleza vuelto.

Eso que sin sentirlo somos, lo somos sintiéndolo levemente al dejar de ser aquello que faltándonos engaño nos creímos de esa falta engañados. Somos rapto que nos rapta de sólo ser lo que somos, rapto que del rapto devuelve al sentirnos… que nos roba el que nos dona. En los huesos del alma inscrita llevamos la etimología que nos dice el aliento robándonos al decirla. El breve trecho de sus letras la vida envuelta en aire del cuerpo se nos lleva: Belleza. Palabra que dice todo cuanto somos mientras por serlo… dejamos de serlo. Palabra que nos dice que hemos a la vida despertado pues hacia la muerte ella misma con sus letras nos lleva apresurada. El rastro que de la amarillenta piel del tiempo —la memoria—sobre nuestra frente inscrito deja, vuélvese vejez en joven deseo deshecha. Somos eso y no somos más que eso: belleza que se nos arrebata, arrebatada belleza, belleza que en su arrebato la vida íntegra nos presta… por un rato. Belleza, causa remota y primera… de un desencanto. Homero—el cautivo, el raptado, como una sospechosa etimología ha revelado—es el nombre que puso el griego al desencanto… de ser hombre y no dios; hombre y no hijo, yerno, nieto, de dios; hombre en héroe agazapado a la espera de abrirse sobre la escena bajo el hacha ensangrentado, en bella sangre negra su cálido ánimo rociado, bella sangre en vino negro curada, bella sangre en bellos lances por bella sombra derramada en cruel guerra apasionada.

Dieron las generaciones de los griegos rostro de ciego al nombre del poeta trágico tras por siglos en líneas de bronce cantarlo. Homero, el cautivo, cantaba el origen de la tragedia, su causa primera, su sol y su luna: Helena. Al cantarla cantó a la diosa madre del dios de la tragedia, a Selene. Helena, la por ontonomasia Robada o Raptada, nos dice Juan David García Bacca, significa así su raíz: helein, robar, raptar… a semejanza de su imagen, la Luna o Selene en griego: la eternamente, regularmente, raptada por Helios, el Sol y por la Aurora, su hermana. Vislumbró al empezar su canto épico, su canto en trágico escenario vertido, su canto en cuerpo sobre las tablas resurgido, canto en carne a lo largo de los siglos encarnado… la avidez de Cronos el tiempo hambriento resistiendo, vislumbró en aureola de mito coronada a Helena cual visible imagen de belleza suprema, de belleza irresistible, arrebatadora. Y de esa imagen que sobre el pináculo de Occidente sobre las costas de Asia en el mediterráneo precaria se balanceaba, hizo primer mito, ubre de la cual se nutrirían todos los mitos que en atroz tapiz indescifrable los poetas sobre el mármol del tiempo esculpirían. Belleza raptable pues rapto la belleza en su origen era. Rapto indetenible, insoportable, que a raptados en raptores convertía. Helena la griega, la imagen terrena de la diosa Afrodita, raptada fue por París y hacia Asia fue llevada… para ruina de una ciudad, Troya, la ciudad de los caballos, de los bellos potros, ciudad que caería tras un asedio de diez años al aceptar el caballo del engaño que en su vientre a los raptores griegos cobijaba. En el vientre del caballo de madera en Troya, ciudad de bellos potros, entraron los guerreros griegos para devastar a Troya y el alto alcázar de Illium derribar… rescatando a la raptada, raptándola de sus raptores. Entre el humo se calcinaban los cadáveres de los vencidos, mientras las aves y los perros se peleaban los restos de aquellos que no tuvieron la suerte de perecer en llamas abrasados. Hombres, mujeres, niños, ancianos… todos cayeron cuando de nuevo la belleza por los griegos fue rescatada. De Oriente la belleza hacia Occidente sus raptores de vuelta llevaban. Y así da inicio el hombre al rapto de lo que rapta, al robo de lo que roba, al arrebato de lo que arrebata, mientras la belleza cambia de ciudad, cambia de manos, cambia de lechos… perdiéndola a ratos aquellos que por ratos la tuvieron, recobrándola un instante quienes por un instante la perdieron.

Helena, la belleza, es eso: instante fugaz, efímero destello, sombra que aparece para volver a encarnar y encarna para desaparecerse de nuevo.

Se es lo que se siente. Vivir es acostumbrarse a que no esté lo que una vez estuvo. Se es algo que ya no está… pero que aún siente haber estado, que siente haber sido. El que siente que estuvo y no está es el cuerpo, el cuerpo del hombre, del hombre que actúa y que al actuar… es raptado por la acción, por la acción con la que rapta eso que es al dejarse raptar por eso, y va dejando su estela en lo que no está. Esa estela, ese destello, esa fugacidad… es la belleza que lo lleva y lo trae, que lo arrebata y que en él arrebata. Belleza irresistible que lo arranca y lo restituye, curándolo… porque lo había herido. Curándole la herida con aquello que lo había herido; devolviéndole a la sombra que lo anima su carne perecedera, su carne en acciones deshecha, carne que a la acción daba cuerpo en sombra bella convertido. Y ese cuerpo que el hombre con cada acción recibe y despide, ese cuerpo a la belleza arrebatado y de belleza raptor supremo… ese cuerpo en cada instante sobre el mármol del escenario se ofrece íntegro y entero para que se deshaga en palabras, en canto, en música, en verso imperecedero. Y al deshacerse resurja como nuevo y se lo lleve cada arrebatado espectador consigo, raptor del cuerpo que el actor sobre el asador de su acción todo puso.

¿A dónde, Dios mío, va a parar tanta belleza? ¿Adónde tanto sufrimiento? ¿Adónde tanta sangre que el vinoso mar en espuma sin cesar agita?… piensa, quizás, el emocionado espectador mientras la sala adolorido abandona. Y no sabe que lleva en su cuerpo toda esa belleza, todo ese sufrimiento, toda esa sangre que por generaciones han ido las generaciones de los hombres a caudales generosas para él vertiendo. No sabe aún que en su arrebato raptada la belleza lleva… la belleza que a su vez lo rapta. Ignora que ha absorbido el aliento de cuantos vencidos por la muerte han caído… tras besarlos al haber sus últimas palabras escuchado. El amigo muerto, el que nunca conocimos, el que ya no está y una vez estuvo, es el que en nosotros se alza cuando el teatro apesadumbrados dejamos… cuando la belleza tras haberla recreado retornamos. Y poco nos falta, tal vez, para caer en cuenta… de que somos esa belleza, que somos lo que sentimos, que mientras nos arrasa el lento ácido del tiempo consolándonos con su agrio bálsamo el olvido, la belleza que perdemos, la que la vejez y el dolor y el cansancio de tanto siglo primerizo nos arrebata, a nosotros intacta volverá cuando, sorprendidos, el familiar rostro desencajado al extraño espejo de los días y de las noches que se han ido, exhaustos ya, por última vez, nos asomemos vencidos.

En torno a la tragedia y otros ensayos, pp. 65-84, Madrid, Verbum, 2010

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